domingo, 17 de enero de 2010

EL HAITÍ QUE CONOZCO O LA REPÚBLICA IMPOSIBLE

Al pueblo atribulado de Haití, en la

esperanza terca de que algún día

no muy lejano se enrumbe hacia el

desarrollo


Lo que está ocurriendo al pueblo haitiano es espeluznante. Leyendo el relato que hace un escritor de allá, Dany Laferrière, a Le Monde, uno experimenta una sensación terrible ante tanta desolación y muerte. El terror que produjo el sismo mientras tenía lugar y sus efectos devastadores tal y como él lo cuenta, es sobrecogedor, impresiona. Y es imposible permanecer indiferentes ante tanta catástrofe.

Haití siempre me ha parecido un pueblo en extremo desafortunado, salir de abajo le ha sido casi un imposible. Me he negado siempre a verlo condenado a un destino de oscurantismo, atraso y violencia política.

A pesar de lo que ya sabemos de su historia, de que fue el primer país que se independizó en Latinoamérica y el Caribe, de las potencias europeas de entonces, sus gobernantes, desde los inicios mismos de la República, nunca pudieron sacar adelante a esa sociedad. Partían con un handicap sobre sus hombros que resultaba casi insuperable. La clase que hizo la independencia no tenía herramientas intelectuales suficientes ni los recursos materiales para conducir un proceso de desarrollo que levantara y consolidara las instituciones públicas necesarias para tal fin.

Era de tal naturaleza la carencia de recursos humanos medianamente preparados para atender las distintas actividades, que durante y después de la guerra de independencia, debieron tomar medidas para evitar que en las matanzas que se producían, se exceptuara a los civiles blancos franceses o mulatos que conocieran de oficios diversos.

Así, se derrumbó un régimen esclavista cruel, que fue sustituido por el caos, al frente del cual estaban autoridades, en su mayoría, ignorantes, muy resentidas y no pocas llenas de odio alimentado por más de un siglo y medio de humillaciones y desmanes.

Pocos líderes de la nueva república tenían preparación para enfrentar los retos de la nueva situación política. Lamentablemente, se impusieron los más atrasados y violentos. Muy parecido a lo que ocurrió en otras latitudes de nuestro hemisferio, aunque en este caso fue peor. No era lo mismo un Petión o Rigaud, ambos mulatos educados en Francia, que un Toussaint Louverture o Dessalines, “héroes testiculares”, como diría Rufino Blanco Fombona.

No hay que olvidar igualmente las reservas que hubo siempre frente a la nueva república de ex esclavos, y si a ello agregamos un entorno internacional que la mantuvo marginada hasta pasados muchas décadas del siglo XIX, el cuadro no era el mejor para la concreción de un proyecto viable de país.

No obstante, y parecerá extraño a algunos que endiosan a los próceres, los gobernantes haitianos de la primera hora fueron también imperialistas. Invadieron la parte oriental de La Española, hoy República Dominicana, y la gobernaron hasta 1844, momento en el cual se da la independencia política definitiva de ese país.

Haití fue la colonia más rica del Caribe, pero esos recursos naturales, en lugar de potenciarse, se fueron destruyendo y consumiendo hasta el punto de que hoy es la nación más pobre del hemisferio, que muy pocas cosas produce, sin hablar de la destrucción de sus bosques, los que han sido utilizados como combustible por la población. Hoy vive de la caridad internacional, sumido en la mayor ignorancia y la superstición.

Quien esto escribe tiene un particular afecto y simpatía por ese país. Lo he visitado varias veces, la primera por curiosidad y las otras por trabajo.

La curiosidad venía por la vía familiar. François Nouel Naulin, natural de Angouleme, Francia, capitán de navíos mercante, masón destacado de las logias caribeñas, la Logia de Oriente, se estableció en esa isla precisamente en aquellos momentos en que coincidieron las Revoluciones americana y francesa, y pudo ver y sufrir la de los haitianos en tanto que francés, a pesar de ser un librepensador. Hoy hemos sabido que el Terror robespierrano en su país, lo asqueó y alejó para siempre. Como masón amaba el progreso y la libertad, pero el desorden que se apoderó de Francia, la guillotina y la persecución política que se desató, no iban con él.

Mi tercer tatarabuelo conoció ese drama que lo llevó a huir con su esposa a la ciudad de Santo Domingo, lugar de donde tuvo que huir, junto con los demás franceses, al ser expulsado por las fuerzas haitianas que tomaron esa ciudad en 1808. Evacuado por un barco inglés, terminó recalando en Curazao, para después morir en Bonaire, al comienzo de la guerra de independencia de Venezuela (1812), sin haber podido ver nunca más a sus 2 pequeños hijos, los cuales quedaron con su madre, en Santo Domingo, confinados en la finca familiar en Boca de Yuma, por órdenes del gobierno haitiano. El hijo varón, Jean-Baptiste Adolphe Nouel Gubert creció bajo el dominio haitiano, y sería, 3 décadas después y hasta su muerte en 1856, Cónsul de Haití en Curazao, nombrado por el emperador haitiano, Faustin I, otro de los tantos autócratas que padeció ése país. No sé, pero cuando veo al Presidente que tenemos los venezolanos hoy, de inmediato evoco a aquel emperador de opereta o cualquiera de los otros que como él lo fueron de Haití.

De mi primer viaje a Haití (1982), debo contar que fui detenido en le aeropuerto junto con otro venezolano amigo, por el espacio de una hora, por unos Tonton Macoute del régimen de “Baby Doc” Duvalier. Éramos sospechosos de algo que nunca supimos qué fue. Lo cierto es que nos vigilaron durante los 4 días que allí estuvimos. Nos vimos en la necesidad de hablar con el embajador venezolano, para anunciar nuestra llegada; era el Doctor Peinado, quien, muy amablemente nos atendió, y si mal no recuerdo, se comunicó con el gobierno de Haití, reclamando el maltrato de que habíamos sido objeto. Eso no impidió que los Tonton Macoute llamaran continuamente a nuestro hotel para saber si estábamos o no. Debo confesar que mientras estaba detenido recordé aquella película “El expreso de Medianoche”, en la que aquel joven americano fue a dar con sus huesos a una cárcel turca espantosa.

En las otras oportunidades que visité Puerto Príncipe y sus adyacencias, ya caído el régimen duvalierista, pude ver un pueblo que a pesar de las grandes penurias, lo sentí trabajador, bregador, alegre, amistoso, negociadores natos, con deseos enormes de vivir. Bastaba caminar por sus calles y mercado, repletos de gente, los taptap -así llaman a los autobusetes muy coloridos del transporte público- llenos hasta los techos y ver a una gente laboriosa que sobrevivía con lo que podía, en condiciones muy precarias de salubridad, empleo, alimentación y educación, pero que a pesar de todas sus carencias, la veía con cierto potencial para salir adelante; por supuesto, siempre que, por un lado, tuviera gobernantes responsables, honestos y claros con lo que debían hacer, y por otro, dispusieran de una ayuda sustancial de parte de la comunidad internacional. La tarea, por supuesto, no sería fácil, sin embargo, no la veía imposible.

Recuerdo que con 2 amigos haitianos, ambos políticos y uno de ellos médico, pude visitar sitios a los que no van los pocos turistas que visitan a ese país. (¿qué les habrá pasado en esta tragedia? ¿Estarán vivos? me pregunto).

A un enorme barrio fui, que me impresionó por las condiciones lamentables y cuyo nombre era una monumental ironía, “Cité Soleil”. Era todo lo contrario a lo que su denominación aludía. Eran miles y miles de casas hechas con cualquier material de desecho, sin luz, ni agua, ni cloacas, todas amontonadas, sin solución de continuidad, un descomunal hacinamiento Era, más bien, la noche, horrible noche ese tipo de vida. Hablé con algunos de sus pobladores, afables, simpáticos, de una gran sencillez, no hallaban qué hacer para ofrecernos lo que no tenían. Recuerdo que una chica muy hermosa suerte de princesa senegalesa me preguntó si podía traérmela a Venezuela.

Conocí el vudú y su ceremonia, visité una cofradía: tambores ensordecedores por más de 4 o 5 horas seguidas, en el centro de un gran bohío, mujeres en trance, baile, contorsiones, animales degollados, sangre, cal y arena, y uno con el corazón latiendo a velocidades nunca antes sentidas; al fondo el mar y su oscuridad insondable fungían de marco de este misterioso y mágico teatro. Todo un espectáculo, nada comparable con los rituales que ví, muy joven, también, en mi querido Yaracuy, en la montaña de Sorte.

En uno de los viajes, me entrevisté también con el Presidente del Banco Central de Haití. Allá es el Gouverneur, o Gobernador. Estábamos tratando de utilizar una línea de crédito que el Banco Central nuestro había abierto a Haití para exportaciones venezolanas, creo que de 2 millones de dólares, la cual nunca había sido utilizada. Fui también a una estación de radio, en donde me entrevistaron, no recuerdo hoy sobre qué tema; quizás, acerca de la democracia recién llegada, creo. Era Presidente del país, Leslie Manigat, a quien había conocido en Venezuela, duró muy poco porque fue derrocado meses después.

Desde entonces no he vuelto a ese país, aunque he estado tentado de hacerlo al visitar a Santo Domingo.

Su destino, de verdad, me ha dolido, conociendo las necesidades de ese pueblo. A veces pienso que no tienen otra salida que la de convertirse en una suerte de protectorado de un grupo de países por un tiempo largo, tal y como prácticamente lo son hoy, bajo el control de fuerzas de las NNUU. Quizás a partir de allí y después de unos cuantos años, puedan tomar vuelo y surgir de manera independiente. A la par será necesaria igualmente, la conformación de una dirigencia política nueva, moderna, honesta y consciente de su responsabilidad histórica; será esto lo más difícil.

La catástrofe que han sufrido en estos días que corren ojalá sirva para abrir oportunidades a un pueblo que lo necesita desesperadamente. Hagamos votos porque la difícil reconstrucción que habrá de emprender después de tanto dolor, logre encaminar un país inestable y violento que hasta ahora ha sido un imposible.

Siempre llevaré a ese país conmigo en el corazón, a pesar de que nunca he vivido allí. Conocer esa realidad sobrecogedora es una experiencia que me marcó. Quizás sea el pueblo más pobre y desamparado que he visitado en mi vida. En esta hora tan terrible, desde nuestra impotencia, sólo nos resta abogar por que todos los que puedan, lo ayuden, cada uno dentro de sus posibilidades, y que las grandes naciones con más recursos, no abandonen Haití en lo sucesivo.

En un taptap que salió por TV en estos días se lee una frase que resume la aspiración de un pueblo azotado por la violencia, el caos político, los huracanes y la ignorancia: qui sait demain? Quién sabe si mañana, después de esta terrible destrucción producto de la naturaleza, pueda Haití retomar la vida y abrirse a otro destino de progreso y prosperidad. Son nuestros deseos solidarios.

EMILIO NOUEL V.

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