miércoles, 18 de julio de 2018

UNIÓN EUROPEA Y JAPÓN CONTRA EL NEOPROTECCIONISMO COMERCIAL

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Una gran noticia para los que creemos en las conveniencias del libre comercio para la prosperidad de los pueblos, lo constituye la firma reciente de un acuerdo entre la Unión Europea y Japón.
Este pacto entre actores que representan alrededor de un tercio del PIB mundial es de un enorme impacto mundial, sobre todo, porque va a contravía de la conducta que observamos de parte de quien fue siempre un campeón del libre comercio: EE.UU.  
El acuerdo contempla tanto productos tangibles como servicios, incluso los financieros. Suprimirá más del 90% de los aranceles que Japón aplica a las importaciones europeas y entrará en vigor en 2019, luego de que se hagan las aprobaciones que corresponda.
El año pasado (2017), Japón importó, por ejemplo, más de 23 mil millones de dólares de Alemania, 7 mil millones del Reino Unido, 10 mil millones de Francia y 10.3 mil millones de Italia.  Y exportó a esos 4 países 18.9 mil millones, 13.8 mil, 6 mil millones y 4.8 mil millones, respectivamente (ITC Trade Map).
Una balanza comercial ligeramente favorable a Japón, sin duda, pero que beneficia también a los actores europeos que participan en este intercambio, sin mencionar el flujo de inversiones que existe también entre el país oriental y Europa. 
 
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 Como se sabe, en la actualidad la Unión Europea la conforman 28 países hasta tanto no salga el Reino Unido, si es que esto se concreta definitivamente. Gran parte de estos países también mantienen intensas relaciones económico-comerciales con Japón, de allí que el acuerdo concluido sea de importancia considerable.
Pero por encima de todo, y más allá de lo cuantitativo, el pacto comercial que va a entrar en vigencia y significará una reducción arancelaria de 1.200 millones de dólares, representa una poderosa y clara señal no solo de contenido pragmático, también principista, para el mundo y en especial para quienes pretenden regresar a épocas superadas, como algunos gobernantes, entre ellos, el señor Trump, que ha entrado al gobierno de su país como elefante en cristalería.
Que lejos está aquel lema que inspiraba a los “founding fathers” estadounidenses: “No sea, no ocean, no strait should be closed to American ships”, el cual era el corolario de su visión librecambista. Un principio decisivo que defendieron desde entonces como política internacional, el de la “libertad de los mares”, que significó libertad de viajar para los ciudadanos, de comercio para sus mercancías y de tránsito para sus barcos donde quiera que deseasen ir en el mundo.
Quien está al frente de esa gran nación, hoy, pareciera desconocer ese principio o estar en su contra, al poner en riesgo la economía y la de otros, y maltratar sus alianzas internacionales no solo las económicas, con el propósito populista exclusivo de obtener beneficios individuales de corto plazo.
El neoproteccionismo que se está apoderando de algunos gobernantes va a producir una reducción del crecimiento de la economía mundial, que no ayudará a nadie, todo lo contrario.   
La Unión Europea, a pesar de tener en su seno algunos proteccionistas trasnochados, en su mayoría valora el libre comercio como fuente de ventajas, ganancias y bienestar para sus ciudadanos, de allí que la suscripción del tratado comentado sea una excelente noticia.  
El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, lo ha expresado de manera inequívoca: “Estamos mandando el mensaje claro de que estamos juntos contra el proteccionismo".  Y esto es crucial, sobre todo en momentos en que se está poniendo también en cuestión la permanencia de una organización como la OMC, que tan vital es para la institucionalización y gobernanza del comercio mundial.
Ojalá la concreción del pacto entre la Unión Europea y Japón sirva para hacer tomar conciencia de la necesidad de neutralizar las dañinas derivas proteccionistas. 
EMILIO NOUEL V.

viernes, 13 de julio de 2018

TRUMP Y SU SUICIDA CONTIENDA COMERCIAL

 












Emilio Nouel V.
Miembro del Grupo Ávila

Nos hemos ya referido a este tema en otras ocasiones. Pero por su envergadura  y efectos globales, la guerra comercial en curso se impone seguir comentándola. No es asunto de poca monta y nos concierne a todos en el planeta aunque no lo percibamos así, sumergidos como estamos en nuestros problemas particulares.
Para la gente de a pie, este tema es distante, cuando no, hasta cierto punto incomprensible. No está presente de manera evidente en sus preocupaciones cotidianas.
Pero al profundizar en estos asuntos, sí se puede determinar que aquel problema tiene incidencia en nuestras vidas y bolsillos, y que tarde o temprano nos alcanzará. El acceso a materias primas y bienes de capital, y a productos de consumo masivo, lo da el comercio, que ya no es solo doméstico sino global, y si en éste se producen disfunciones o distorsiones, las economías se verán perjudicadas en una u otra medida.  
Las conexiones múltiples entre ambas situaciones, la general y la individual, son claras. Y en las económico-comerciales, sobre todo, más evidentes.
Entre las sociedades de nuestro mundo, la interdependencia global  económica, cultural y política es un dato insoslayable; no alcanzaremos a  comprender a cabalidad esa realidad si no vemos en acción tales vínculos.
De ese complejo entorno, la dimensión económico-comercial, caracterizada por amplios flujos de intercambio de mercancías, servicios y capitales, en un mega-espacio en el que de una u otra manera los países se entrelazan, en igualdad de condiciones o asimétricamente, cooperando o rivalizando, integrándose en bloques o bilateralmente, a distintas velocidades,  demanda acciones conjuntas, negociadas, consensuadas, para acometer los problemas que nos afectan y formular las necesarias soluciones.
El gobierno de Trump pareciera no entender la imperiosa necesidad, no solo del mundo en general sino también de su propio país, de mantener y reforzar los lazos que sustentan el orden mundial construido por más de medio siglo por EEUU y sus aliados. Este mundo, hoy por hoy, enfrenta amenazas para todos, en especial, para las democracias y su seguridad.
Es incomprensible que desde dentro del mundo occidental se conspire contra sí mismo, contra la institucionalidad que se levantó para solventar los problema de la paz, la seguridad y el bienestar.
Trump pareciera incapaz de reconocer y valorar a los socios más cercanos de su país, con los que ha compartido alianzas, políticas e iniciativas políticas, económicas y militares, y, de paso, los consecuentes beneficios.
Sin duda, su deriva inconducente está poniendo en peligro la estabilidad global, y en el ámbito económico se está concretando en una absurda guerra que generará muchos perjuicios, no sólo para los directamente envueltos en ella.
Encarar la economía mundial con el trasnochado y suicida proteccionismo comercial, que sólo pretende tomar en cuenta el provecho económico desde los intereses de un solo país, en términos de una relación suma cero, es lo mismo que enfrentar, en política internacional, los autoritarismos con doctrinas anacrónicas como la del mexicano Estrada de comienzos de los años treinta del siglo pasado, la cual significaba voltear hacia otro lado, o encerrarse sobre sí mismo ignorando los desmanes que cometen otros gobernantes contra sus pueblos, amparándose en el principio de no intervención, hoy ya superado por los avances del Derecho Internacional en materia de Democracia y DDHH.
La guerra comercial atenta, sin duda, contra la institucionalidad que se ha puesto en práctica para ordenar y canalizar todo lo concerniente al comercio mundial. Es, por tanto, un golpe a lo que ha significado la creación de la OMC, la actitud insólita asumida por el gobierno Trump al desencadenar un guerra comercial, a todas luces lesiva.
Ya no es un puñado de productos los afectados por esta guerra, está superando el número de 10.000. El problema no es solo con China, es también con Europa y otros países.
Pero más allá de los estropicios económicos que pueda generar esta situación, el daño institucional y en términos de gobernanza global que trae consigo, será lo más grave.
Ojalá haya una rectificación en tal inconveniente deriva.   

EMILIO NOUEL V.
       

viernes, 6 de julio de 2018

            AMLO Y LA TENTACIÓN AUTORITARIA


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 Desde Venezuela, habida cuenta de la penosa experiencia política de las dos últimas décadas con un populismo exacerbado, autoritario y de inspiración totalitaria, el triunfo electoral del “Peje” López Obrador en México es leído, a mi juicio, de forma inadecuada y se hacen afirmaciones rotundas sobre lo que de antemano será su gobierno.
Fundamentalmente, se cree que por la retórica del político mexicano, parecida  en algunos aspectos a la del chavismo, necesariamente el resultado de su mandato será el mismo que hemos padecido amargamente en nuestro país.
Se pretende extrapolar la vivencia venezolana a la que tendría México con el nuevo mandato presidencial que se iniciará en Diciembre próximo; como si ese país y el nuestro tuvieran similares características y circunstancias, como si Chávez y el Peje fueran lo mismo.
En materia de pronósticos sobre lo que pudiera resultar definitivamente ése o cualquiera otro gobierno, lamentablemente no disponemos de una bola de cristal para afirmar nada, ni en el sentido de que será una réplica chavista, ni el de que se comportará como un gobierno “normal y corriente”, o incluso, que sería una administración al estilo de Ollanta Humala o Lula Da Silva, opción por la que, por cierto, me atrevería a apostar.
Lo cierto es que el señor AMLO ha expresado antes y durante su campaña, algunas ideas y propuestas semejantes a las de otros líderes populistas de nuestro entorno. Sus opiniones favorables y simpatías hacia gobernantes de la región que se ubican en la izquierda, también lo ubican en ese campo político, de allí las reservas y temores de algunos hacia él y lo que pueda hacer.
Sin embargo, lo primero que debe decirse es que no todas las experiencias supuestamente de izquierda que hemos tenido en nuestro hemisferio, han adoptado las políticas chavistas. Hasta Evo Morales, cuyo discurso radical antiimperialista, en su práctica económica, no ha llegado a los extremos de Venezuela, sin que eso signifique que su conducta no esté marcada por el autoritarismo y otros rasgos cuestionables, que lo acercan a una dictadura.
Lo que no está ausente del discurso de AMLO, son las ideas anacrónicas, demodés. No hay ninguna duda de que llevadas a la práctica puedan ser letales para la sociedad y la economía mexicanas.
La pregunta que nos hacemos es si aquellas se traducirán en políticas bajo su gobierno. ¿Fueron enarboladas solo como anzuelo electoral? ¿O las implementará contra toda racionalidad económica?
AMLO ha sido un dirigente político y sabe cómo “se bate el cobre” en esa profesión. Tiene un largo historial. Experiencia administrativa trae, más allá de si fue buena, regular o mala, según quien la estime. Como tal, es un negociador pragmático. Por eso ha llegado donde ha llegado.
Y es precisamente en ese tema en el que tiene grandes diferencias con Chávez, inexperto en lides políticas y gubernamentales, acostumbrado a mandar y ser mandado, en tanto que militar. En lo ideológico también vemos diferencias. Uno, Chávez, con indigestión de marxismo y otras creencias nocivas, y el otro, más cercano a la práctica socialdemócrata.
En lo que si se parecen acercarse ambos es en el mesianismo; que, por cierto, no es mal exclusivo de ningún sector político. (¿Qué me dicen de Trump?).
Enrique Krauze ha dicho acertadamente de López Obrador, porque lo conoce bien y además ha reflexionado y escrito sobre el fenómeno mesiánico en política, que es “un hombre que tiene un culto de su propia personalidad y lo promueve”, lo cual constituye un riesgo para los mexicanos, tanto para los que lo combaten como para aquellos que siguen ciegamente su prédica redentorista.
Algunas noticias que llegan de los que lo rodean no son muy alentadoras, más bien preocupantes. En las extremas derecha e izquierda tiene seguidores y votos. Los extremos se juntan frente a situaciones políticas particulares. De allí también las incongruencias del discurso.
No obstante, buen comienzo fue el de la reunión con los empresarios del país, y hasta de luna de miel se habla en esa relación. Ojalá el encuentro con todos los sectores sociales se haga desde el respeto, la concordia y el acatamiento del estado de Derecho y las libertades.
Por otro lado, y ya refiriéndonos a la diplomacia que adelantaría AMLO, se ha conocido que estará al frente de ella un político experimentado, Marcelo Ebrard C., quien además dirigirá el equipo de transición. Sobre el gobierno de Venezuela, lo más probable es que haya un cambio no favorable para los sectores democráticos que se oponen a la tiranía chavista.       
México es una importante economía en nuestro continente con un amplio y fuerte sector privado, muy distinto al de, por ejemplo, Venezuela, cuyo Estado sí ha sido poderoso, omnipresente, dueño de la riqueza.
México tiene instituciones, es verdad, cojitrancas, pero largamente establecidas. Grandes contrapesos al poder ejecutivo hay, desde el ámbito público y de la sociedad civil, lo cual también lo diferencia del caso venezolano.
Hay argumentos de peso para no compartir la idea paranoide de algunos acerca de que el señor López Obrador se convertirá en otro Chávez.
Sólo aspiramos a que ponga de lado la visión mesiánica que lo acompaña y  controle los impulsos autoritarios que el manejo del poder político máximo  trae consigo, sobre todo, en líderes propensos, por su talante personal, a conductas antidemocráticas.     
Si no sucumbe a la tentación autoritaria, puede que haga un buen gobierno, que no destruya las instituciones y la vida material de ese gran país que es México. Por el bien de los mexicanos que legítimamente desean cambios importantes en muchos aspectos de sus vidas, y por el del resto del hemisferio que también persigue el bienestar y la paz de sus ciudadanos.
¿Colmará las enormes expectativas que ha generado? ¿Será el enterrador del sistema político mexicano tal y como lo hemos conocido?
Amanecerá y veremos.

EMILIO NOUEL V.     
 

viernes, 29 de junio de 2018

LA INTEGRACIÓN HEMISFÉRICA Y LAS IDEOLOGÍAS

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Las relaciones políticas y económicas de los países que integran el hemisferio americano han estado marcadas por encuentros y desencuentros a lo largo de los dos últimos siglos de vida independiente. Convergencias y pugnas, rivalidades y alianzas, debates enconados y consensos, entendimientos e incomprensiones, han caracterizado la dinámica de vínculos e intercambio en las Américas. 
Los intentos fallidos y/o incompletos de integración y cooperación, impulsados durante ese largo recorrido, son la secuela, sobre todo, de las ideas que han inspirado a los hombres públicos del continente, más allá de los factores estructurales que condicionan nuestras sociedades.
La influencia de las ideologías y creencias sobre quienes inducen el curso que toman los acontecimientos sociales y generan los cambios políticos y económicos, es una verdad incontestable en todo tiempo y lugar; no hacen falta mayores demostraciones empíricas de ello.
Karl Popper, en su libro Conjeturas y Refutaciones, escribió que el poder de las ideas, en especial, las morales y religiosas, es tan importante como el de los recursos materiales. En el siglo XIX, el escritor Víctor Hugo ya había afirmado algo parecido: “más que las locomotoras, las ideas son las que llevan y arrastran el mundo”.
Y en el campo económico, John Maynard Keynes afirmó que las ideas de los economistas y los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se piensa.  
Así, el hombre, en su afán de diseñar modelos de sociedades, imaginar utopías, edificar estructuras políticas, ejecutar programas políticos o justificar intereses colectivos, de grupos o individuales, provisto de diversas visiones sobre la vida y el mundo, ha perseguido con pasión sus objetivos de transformación de la realidad a lo largo de la historia.
Sabemos que Platón fue un filósofo involucrado en los asuntos políticos de su tiempo; no pudo evitar la tentación de llevar a la práctica su doctrina sobre el gobierno. Lo testimonian los tres viajes que hizo a Siracusa con el propósito de convertirse en consejero de reyes.
Las ideologías y el cuerpo de creencias diversas surgidas en el devenir social constituyen el acervo intelectual del que el hombre se ha nutrido para acometer sus ejecutorias públicas o privadas. A los policy-makers aquellas le han servido para delinear su hoja de ruta y estrategias hacia el objetivo fijado.
El hemisferio americano no ha sido la excepción en tal sentido.
Desde una perspectiva histórica, nuestro continente ha ofrecido un vasto espacio para la promoción y concreción de las que provienen del mundo occidental al que pertenece, pero también es vivero primigenio de algunas propias.
El liberalismo, el positivismo, el marxismo, la socialdemocracia y la doctrina social de la iglesia católica, en sus distintas versiones, son las doctrinas que han tenido más adeptos entre nuestros políticos y pensadores.
Durante las últimas centurias, estas grandes corrientes políticas, el pensamiento de filósofos, escritores, científicos y hombres de acción, han servido de fuente de inspiración. Desde el Siglo de las Luces, pasando por los convulsionados siglos XIX y XX, hasta nuestros días, esa producción intelectual ha marcado el comportamiento de los líderes al frente de los asuntos públicos, incluido el que atañe a las relaciones internacionales.
De modo que cuando analizamos los resultados, tanto los éxitos como los fracasos que se han alcanzado en materia de integración y cooperación en nuestro hemisferio, es forzoso remitirse a tal acervo ideológico.
Sólo así comprenderemos lo que ha sucedido, porqué estamos donde estamos, y cómo podremos enfrentar los desafíos del futuro.
Las realidades de la actual interdependencia global, particularmente sus complejidades, demandan de las sociedades modernas un esfuerzo en el sentido de afinar con la mayor precisión posible los medios para alcanzar el éxito que los ciudadanos están ávidos de lograr.
El debate entre ideologías sigue presente. Incluso, ideologías que algunos llaman mortíferas, pugnan por imponerse en el mundo de hoy. En la discusión sobre los proyectos de integración hemisférica y global se sigue insistiendo en ideas que han demostrado haber perdido vigencia, cuando no, su nocividad.
De allí que los objetivos de amplio bienestar económico y plenitud y vigencia de las libertades democráticas deberían ser los motores inspiradores que impulsen el encuentro integrador y vigoroso de los países de nuestro hemisferio.     

EMILIO NOUEL V.

miércoles, 20 de junio de 2018

        DUQUE Y LA APUESTA POR  EL ÉXITO DE COLOMBIA

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El triunfo electoral de Iván Duque el pasado domingo 17 de Junio es una gran noticia para los venezolanos que anhelamos restaurar la democracia en Venezuela.
Él ha demostrado un sin número de veces su solidaridad con los que padecemos el autoritarismo destructor del chavismo.
Duque está consciente de que nuestros destinos, el de Colombia y Venezuela, van uno al lado del otro. Ha llegado a afirmar que el éxito de su país es también el éxito de Venezuela, y viceversa, visión ésta que muchos compartimos.
Ya se ha dicho hasta la saciedad, pero siempre es menester recordarlo: lo que ocurre del otro lado de nuestra frontera occidental, no nos es indiferente a los venezolanos, así como lo que suceda en Venezuela, tendrá también repercusiones allá.
Como era el deseo de millones de venezolanos, Duque gana esas elecciones, y la mayoría de los demócratas de nuestro hemisferio también lo celebran.
Es un político joven, con ideas propias, programa económico moderno y con algo muy importante: su visión de reconciliar a su país, que tanto lo necesita.
Ha dicho que quiere unir a Colombia, que no viene con odios, ni venganzas ni represalias. “No reconozco enemigos….no hay ciudadanos vencidos…. ...Gobernaré con todos y para todos”.
Esas han sido sus primeras palabras después de electo, y desde este lado estamos seguros de que hará todo lo posible por honrarlas, a pesar de los graves problemas que deberá afrontar.
Para la barbarie chavista, obviamente, ese triunfo constituye un varapalo contundente. Para sus planes de eternizarse en el poder, el ascenso de fuerzas políticas de su familia ideológica en los gobiernos de países de la región que lo apoyen o se hagan la vista de gorda frente a las atrocidades que comete, ha sido su aspiración más febril.
Como factótum político de esa casa de los milagros que llaman Foro de Sao Paulo -ahora venido a menos por su bolsa ya vacía para comprar adhesiones y apoyos- la candidatura de Duque no era lo que le convenía. La apuesta que hizo la perdió, y su aislamiento internacional se seguirá intensificando.
Pero, sin duda, el de Duque es un triunfo que saludamos con alborozo esperanzador los demócratas que enfrentamos el autoritarismo populista y su colectivismo económico hambreador, donde sea que éste pretenda implantarse. 
Ganó Duque en buena lid a pesar de las aves de mal agüero que anunciaban el triunfo de su contrincante. 
Ciertamente, no la tendrá fácil. Gobernar en democracia, con sus libertades y contrapoderes, exige debatir, consensuar, negociar e incluso sacrificar planes de cara a las prioridades. Tendrá una oposición variopinta. El populismo izquierdista avanzó cabalgando en algunas fuerzas no propias, que quedó claro que no votaron por su propuesta sino en contra del que al final resultó ganador.
Colombia, como lo registramos hace algunas semanas, ha sido aceptada en el club de países desarrollados, la OCDE. Es un importante logro que deberá incentivar a ese país en el sentido de buscar ser mejor cada día. Y Colombia ha demostrado tener el empuje y el talento para alcanzar un lugar destacado en el mundo complicado que vivimos. Ojalá persevere en ese camino, resolviendo los problemas sociales que aun padece.
Tiene toda la razón Duque cuando afirma que el éxito de Colombia es también el éxito de Venezuela.
Que así sea.

EMILIO NOUEL V.