jueves, 11 de enero de 2018

                   EL "DIA D" DE HAUSMANN

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Voy a referirme en esta ocasión a la propuesta del profesor Ricardo Hausmann,  la cual no deberíamos dejar pasar por debajo de la mesa sin comentar, sobre todo, porque uno se encuentra por ahí alguna gente que nunca hubiéramos pensado que mostrarían simpatía por ella y que la ven con buenos ojos, abiertamente o con la boca chiquita.
Como se sabe, para Hausmann la solución política para nuestros males sería una intervención militar concertada en el seno de la comunidad internacional que ponga fin al gobierno militar. Esta acción debería pedirla un gobierno designado por la Asamblea Nacional (¡!), lo cual le daría cobertura ‘constitucional” o “legal” a la iniciativa; legitimidad, en definitiva.
La propuesta se hace con base en un diagnóstico de la realidad venezolana que no tocaremos en estas líneas, porque con alguno que otro matiz, lo compartimos.
Pondré el foco en la viabilidad real de la propuesta y sus implicaciones políticas, especialmente, desde el plano de lo internacional, pero a partir de una posición que plantea una salida pacífica, lo menos traumática, a nuestra difícil  situación.  
La propuesta la podemos abordar desde el ángulo de su justificación intrínseca, la del deber ser, la de la moral, o a partir de la visión de los llamados realistas, en el lenguaje de la teoría de las relaciones internacionales, el de los determinismos geopolíticos, que ven la intervención militar como una necesidad ineluctable, de la cual no se podría zafar el hegemon geopolítico de nuestro continente, por la amenaza que el gobierno chavista representa a la seguridad de la región. 
Pero también, se puede ver a partir de una visión, si se quiere,  pragmática, es decir, desde la posibilidad real de concretar la iniciativa en cuestión, no reñida necesariamente con ninguna de las posturas anteriores.
Antes, sin embargo, debo comentar primero que me llama mucho la atención que nadie de la dirigencia política democrática haya dicho esta boca es mía al respecto. Actitud inerte, por cierto, que parecen adoptar siempre que iniciativas controvertidas en la oposición aparecen, no sé si por no interesarles, por restarles importancia, por no entrar en polémicas o porque no saben qué decir o hacer frente a ellas.
Graves errores políticos se han cometido permitiendo que se deje correr y tomar cuerpo ideas inconvenientes, a causa de esa conducta indolente que no les sale al paso, pues se querría con ello evitar debates que a veces son imprescindibles dar, sobre todo, en el tema que nos ocupa.
Dicho esto, en primer lugar, es bueno comentar el símil que se utiliza (“Dia D”), porque ya desde ahí nos coloca en una situación que, queriéndolo o no el proponente, nos equipara, con otra, histórica, que tenía sus circunstancias y elementos propios. Y aquí ya vemos de arrancada una gran debilidad en la simbología utilizada.
También asomar que aquella gravísima crisis mundial y la nuestra se pudieran semejar y, por tanto, ameritar el mismo remedio, es ya un despropósito evidente. Son obvias las diferencias entre una conflagración ocasionada por un gobernante (Hitler) que había invadido a más de media docena de países, causando muerte y desolación y todo lo que sabemos, que lo que ocurre en Venezuela, por más que la nuestra sea una situación calamitosa. De ahí que sea manifiestamente infeliz recurrir a ese parangón histórico.     
Por otro lado, la propuesta de Haussman se coloca a contrapelo de lo que ha sido la estrategia mayoritaria de la oposición democrática para salir del atolladero en que estamos (constitucional, electoral y pacífica). La del profesor parte de la convicción de que la vía electoral está cerrada habida cuenta del reiterado comportamiento arbitrario y tramposo del gobierno. De allí que de una negociación como la que está teniendo lugar no se pueda esperar nada.
Para Haussman no hay vía pacífica, la solución es manu militari. Pensar que una negociación estimulada y apoyada por la comunidad internacional puede encaminar al país, es inútil, poco menos que una ingenuidad. Las armas son, entonces, la solución.
Tal propuesta de intervención militar no toma en cuenta lo que los gobiernos de la región, con sus visiones, intereses y tradiciones diplomáticas, pueden pensar al respecto y cuál puede ser su reacción. Pareciera dar por descontado que fácilmente se avendrían a ella, olvidando que por más que la crisis venezolana se agrave, dar tal paso resulta muy improbable, remoto. 
La historia de las intervenciones militares en el hemisferio las conocemos. Han sido repudiadas siempre, más allá de sus resultados. Muy cuesta arriba seria ahora formar una fuerza militar interventora, habida cuenta de esa experiencia traumática.
Ni siquiera EEUU y/o el inefable Trump, con todo y su inclinación a los disparates, lanzaría una acción de esa naturaleza, aun teniendo con que hacerlo. Asuntos de mayor peso crítico ocupan a ese país y en tanto que potencia hoy no tiene la libertad para actuar como en otras épocas, disminuida como sabemos su hegemonía mundial.
No hay que olvidar tampoco que en el entorno están China y Rusia, dos actores no desdeñables que tienen además del veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, intereses en Venezuela, no solo económicos. Decir que el Consejo de Seguridad no tendría nada que decir de cara a una acción de tal envergadura es un exabrupto no solo jurídico. 
En el marco de la OEA, tampoco sería posible aprobar una acción como la que comentamos. No solo por lo que ya hemos señalado más arriba,   también porque los mecanismos institucionales requerirían de casi la unanimidad para convalidar tal iniciativa, lo cual es improbable.  
Pero lo que a mi juicio es lo más importante en todo este asunto es la perspectiva política que trasluce la propuesta acerca de qué tipo de transición o salida se desea para Venezuela.
A pesar de las pifias de la oposición democrática, de su actual debilidad relativa, la estrategia asumida ha sido la correcta, aunque con fallas, algunas significativas.
El componente fundamental  para la solución de nuestro grave problema es un mecanismo complejo, lo menos traumático posible. De allí que la negociación sea la vía adecuada, admitiendo que en ella hasta el momento se han cometido errores y hay razones para dudar de resultados satisfactorios. 
Soy de la opinión de que el chavismo está cada vez más debilitado, y  sus pugnas internas profundizan crecientemente esta fragilidad. Su aislamiento internacional no es poca cosa, con las excepciones que conocemos. La presión en ese ámbito va en ascenso. La situación económica interna, con el pasar de los días, se hace más dura y presiona fuertemente en lo social.
En ese cuadro con potencial cierto para empujar una salida de la crisis, proponer una intervención militar como solución es un desatino político de fondo monumental, que no sirve ni siquiera para presionar al gobierno porque no es creíble bajo las circunstancias geopolíticas actuales.
Me niego a pensar que este tipo de propuestas sea producto de la desesperación, del pesimismo o del desconocimiento de la realidad concreta del país y del entorno de las relaciones hemisféricas, como hemos oído por ahí.
Lo más preocupante es que dentro de la difícil situación que vive la oposición venezolana una idea como la de Hausmann, a mi juicio, errada, no sea debatida y contestada por la dirigencia política.   

EMILIO NOUEL V.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

CHILE Y SU EJEMPLO ENVIDIABLE DE CONVIVENCIA DEMOCRATICA


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Definitivamente, los rituales y usos convencionales en la dinámica política son muy importantes y esenciales para la democracia, sistema este que, como sabemos, es intrínsecamente defectuoso y frágil, y que demanda de sus actores expresiones claras de convivencia civilizada, con vistas al mantenimiento de un bien muy preciado: la siempre amenazada gobernabilidad.
La democracia no solo se manifiesta en el ejercicio real y cotidiano del poder, en la conducta de los gobiernos, en sus ejecutorias administrativas de cara a los ciudadanos.
Dicen también mucho de este sistema y su vitalidad, las formas, el talante y los gestos de quienes son sus actores.  Los modales adecuados, el lenguaje respetuoso y la tolerancia política en la competencia entre adversarios miden la madurez y fortaleza de una democracia.  
¡Cuánto echamos hoy en falta en esta Venezuela agobiada tales procederes políticos depurados!
Esta semana presenciamos una reiteración más de ellos al concluir las elecciones presidenciales chilenas, en las que resulto triunfante el presidente Sebastián Piñera.
Sana envidia sentimos al ver a unos contendores -el ganador y el perdedor- reunirse y saludarse pública y cordialmente, una vez conocidos los resultados de la elección. Gobierno y oposición dialogando y deseándose lo mejor para un periodo presidencial que se iniciara en breve.
Oír los discursos, tanto del ganador como del perdedor, en los que no solo se reconocen las resultas del proceso, sino también la disposición de ambos de consultarse y colaborar en todo aquello que vaya en beneficio de su país, es un ejemplo patente de cómo en ese país hermano se concibe la política.
Chile en este sentido es un ejemplo a seguir en la región. Sus politicos se comportan como una democracia madura.   
En nuestro país, crispado por la polarización y el fomento perverso de los enfrentamientos políticos y el odio desde las instancias del poder, es lamentable y vergonzoso ver supuestos líderes insultar y difamar a través de cientos de medios estatales a los adversarios.
La labor pedagógica de la política está echada a un lado.  No importan las formas ni la retórica comedida y considerada de cara al rival político. La mentira burda es moneda corriente. No hay debate serio, mucho menos dialogo sobre la crisis y sus problemas. Los estadistas brillan por su ausencia.
La barbarie se ha impuesto. Del estado venezolano se ha apoderado una mafia depredadora, inescrupulosa y primitiva, a la que muy poco le importa el país, sino sus bolsillos. A tal punto ha llegado esta grave situación,  que ha habido necesidad de que fuerzas externas a la Nación intervengan para ayudar a salir del lodazal profundo en que estamos sumergidos.
Lo que vimos en Chile en estos días, en medio del desastre que vivimos los venezolanos, nos dice que cotas altas de coexistencia política pueden ser alcanzadas, que podemos aspirar a ellas y lograrlas también. 
Nos queda aún camino por recorrer para alcanzar un ambiente político de esa naturaleza. Ese objetivo deseable no es quimérico. Sin haber sido perfecto, y con los naturales problemas de toda democracia, los venezolanos lo tuvimos antes de que llegara la ola destructora de la tiranía populista militarista que nos oprime.
La libertad la recuperaremos y esperamos que los nuevos políticos hayan asimilado la lección y aprendido de los verdaderos estadistas el saber sobreponerse a los intereses mezquinos y comportarse civilizadamente.

EMILIO NOUEL V. 


domingo, 10 de diciembre de 2017

VENEZUELA: LA IGNORANCIA Y LA BARBARIE AL TIMON

En estos días puse particular atención a lo declarado por el secretario general del sindicato petrolero de Paraguaná, Iván Freites, la cual pone los pelos de punta a cualquiera que la haya oído.
El general ignorante que ahora “gerencia” PDVSA ordeno que pusieran en funcionamiento –“arrancaran”- las plantas de aquel complejo refinador, que, según el declarante, tienen daños serios en sus estructuras, tuberías y algunas están en reparación, todo sin cumplir con los protocolos y normas de seguridad, exponiendo a los trabajadores, a la empresa y la población circundante a correr riesgos físicos que podrían ser irreparables.
Agregaba el sindicalista, que el milico en cuestión tenía previsto incorporar manu militari a cientos de miembros de la milicia -improvisados e inexpertos en la materia, por supuesto- para que, a como diera lugar, esas plantas entraran en operación.
De ser cierto lo que denuncia Freites, y no me extrañaría para nada que lo fuera, estamos ante una demostración más de la conducta nociva, irresponsable y destructora que caracteriza a los que nos gobiernan.
El notorio estado lamentable del país, de su economía e instituciones, del nivel de vida de los ciudadanos y del entorno moral, es consecuencia directa de un modo de gobernar, si así puede llamarse este, que es expresión no solo del desconocimiento de lo que tal actividad compleja comporta, es también el resultado lógico de una ideología demencial, lindante con la barbarie.
Muchos acusan al gobierno de comunista, y cuando veo cosas como la mencionada al comienzo de estas líneas y los otros cientos de desaguisados perpetrados durante casi 20 años, no puedo estar más en desacuerdo con tal caracterización. Esto que padecemos en Venezuela no es comunismo, es algo peor aún.
Porque a pesar de que el comunismo es una funesta ideología, totalitaria y  fracasada, la experiencia nos indica que en él había, al menos, un orden, un mínimo de sentido común que lo hacía funcionar para los fines, por supuesto, que conocemos.
Pero lo que vemos en este país es otra cosa. No hay orden, ni preparación técnica, ni plan que se ejecute bien; ni siquiera las locuras que se les ocurren son ejecutadas medianamente (el estado comunal, el trueque, el sucre, etc) . Todo es un caos, una chapuza, una reiteración de errores, en los que la barbarie más primitiva e iletrada se ha impuesto al interior de la Administración pública, para descoyuntarla y/o demolerla, sin levantar otra que la sustituya.
Más allá de su ideología, en la antigua Unión Soviética nunca se les hubiera ocurrido nombrar, para dirigir el programa espacial, a un ignorante en la materia.
En la Venezuela revolucionaria, nos damos el lujo de colocar al frente de cruciales funciones administrativas, como la educación, la salud, el transporte o la industria petrolera, a personas cuyas credenciales son las de estar intoxicadas de una doctrina desquiciada, sin valores éticos ni experiencia.
El gobierno se caracteriza por poner a redomados incompetentes o simplemente a chafarotes iletrados, que solo han generado la debacle social más grande que se haya podido conocer en nuestra nación.
No otra cosa podemos esperar de este gobierno de los peores, de los mediocres, cuyos méritos son o los de pertenecer al partido de gobierno o a una de las mafias que lo dirigen.
Hambre, destrucción y caos social es lo único que exhiben. Sin el chorro petrolero, no se hubieran mantenido en el poder por tanto tiempo, porque el desbarajuste quizás se habría adelantado. Y quien quita que ya se habrían marchado estos atilas, para bien de los venezolanos.
Con ellos no puede haber futuro. Solo un viraje hacia otro modelo político y económico puede hacer recuperar la esperanza en una Venezuela prospera.

emilio.nouel@gmail.com
@ENouelV

sábado, 11 de noviembre de 2017

¿Monroísmo demodé o defensa de la Democracia hemisférica?


Aunque EE.UU sigue siendo, y quien sabe por cuanto tiempo más, el país más poderoso del planeta en muchos sentidos, su peso e incidencia en el ámbito internacional ha ido mermando.     
No hay estudioso o analista que no reconozca esa realidad incontrovertible. Su poder no es el de hace medio siglo a pesar de que compartía entonces con la Unión Soviética el protagonismo en un mundo bipolar.  
Ha corrido mucha agua bajo el puente, y esa  ya no es la situación actual. La correlación de fuerzas y los equilibrios geopolíticos son otros; y hoy hasta se habla de un “Nuevo orden chino”, y quizás sea este mundo “balanceado” lo más conveniente para la gobernabilidad del planeta que vivimos.  Pero independientemente de que a uno le parezca positivo o no ese hecho,  cualquier análisis que se haga sobre el papel global que ha adquirido y mantiene EE.UU, debe partir de esa constatación, lo cual, por supuesto, no resta a ese país el carácter de nación admirable, ejemplar y determinante en diversos campos.
Sin embargo, cuando leemos por ahí que a algún descaminado se le ocurre pedir la aplicación de la Doctrina Monroe para llamar la atención a los gobernantes estadounidenses sobre las andanzas de Rusia en nuestro continente, concretamente en Venezuela, no deja de producirnos cierto asombro, sobre todo, por venir de personas que supuestamente tienen ciertos conocimientos y experiencia política en lides nacionales e internacionales.  
Echar mano de la célebre Doctrina en estos tiempos es poco menos que un anacronismo, un recurso demodé y un despropósito político. Ni siquiera los mismos norteamericanos apelan a tal visión en pleno siglo XXI.  
Resulta curioso como la utilización de ese expediente va al encuentro del discurso de líderes del Foro de Sao Paulo y/o de la izquierda latinoamericana, que plantea para nuestro hemisferio el dilema absurdo de “Monroísmo versus bolivarianismo”, a lo Indalecio Liévano Aguirre.     
Como es harto conocido, la Doctrina Monroe, formulada más bien por John Quincy Adams, siendo este Secretario de Estado de EE.UU, fue presentada por el presidente James Monroe hace 194 años y respondía a unas circunstancias particulares. Tal declaración está sintetizada en la frase “América para los americanos”. Al momento de ser proclamada, por cierto, no tuvo rechazo de los latinoamericanos, sino más bien fue bienvenida. Era vista como el símbolo de una ideología compartida por todos los americanos que enfrentaba a los Imperios europeos de entonces. Posteriormente, ha sido mitificada por unos y  demonizada por otros.   
La doctrina se resumía en 4 puntos: 1) EEUU no intervendría en las colonias europeas existentes; 2) Se mantendría apartado de Europa, sus alianzas y guerras; 3) El continente americano, en lo sucesivo, no podrá ser colonizado por las potencias europeas; 4) Cualquier intento de extender el sistema político de Europa a los territorios americanos sería considerado peligroso para la paz y seguridad americanas.  
Sin embargo, con base en esa doctrina algunos gobernantes norteamericanos se sintieron autorizados para intervenir en el entorno continental. Así, Henry Kissinger lo ha admitido al decir que tal doctrina convirtió al océano que separaba a Europa de EE.UU en un foso protector, al tiempo que daba a este país “la libertad para conquistar el continente americano”.
Se ha dicho, a mi juicio, equivocadamente, que el ideal panamericanista enarbolado por muchos líderes y pensadores de nuestro hemisferio es monroísmo que esconde el propósito de dominio norteamericano.  
El ideal panamericanista parte de la primigenia visión de principios compartida por los que se rebelaron contra las potencias europeas. Mariano Picón Salas pondera ese ideal cuando refiere la común misión de América, que había aproximado el pensamiento emancipador de todo el hemisferio y hecho dialogar a Jefferson y Miranda. 
Según algunos,  el monroísmo y el bolivarianismo habrían marcado tempranamente las Américas. De un lado los anglos, y del otro, los hispanos.
La historiadora Silvia Hilton ha señalado que sin embargo las propuestas de Bolívar y Monroe coincidían en los puntos más importantes, particularmente en la promoción de un sistema americano.
No obstante, la Doctrina Monroe debe ser considerada hoy una antigualla. Al igual que el bolivarianismo supuestamente rescatado por el populismo militarista izquierdizante. Traer aquella visión a estos tiempos para justificar una intervención, es una sugerencia inconveniente, un exabrupto histórico sin sustento alguno en la realidad actual, una estupidez política. 

En efecto, Rusia, en su afán por recuperar el poderío perdido -“siempre tentada por los demonios del imperialismo” dice Kissinger-  hoy venida a menos, está apuntalando un gobierno tiránico y corrupto en nuestro país, al asistirlo financieramente, a cambio de petróleo, impulsados por un interés geopolítico evidente.
EE.UU ha sido un país amigo y socio durante siglos. Nos vinculan fuertes lazos históricos, políticos, económicos y valores compartidos.  De eso no hay duda. Más allá de los desencuentros e incomprensiones mutuas, nos hermanan intereses estratégicos hemisféricos; de modo que tiranías como la rusa, la venezolana o cualquiera otra, con seguridad encontraran a las naciones de América unidas en defensa de la democracia y las libertades, y no a partir de ideas desfasadas en el tiempo. 

Emilio Nouel V.

viernes, 20 de octubre de 2017

EL FRAUDE GUBERNAMENTAL SOLO NO EXPLICA EL RESULTADO


La elección del 15-O nos deja sobre la mesa una evidencia incontestable: el gobierno militar-cívico, con sus inmensos recursos, logro mover un poco más del 20% del padrón electoral, la cifra que todas las encuestas indican que es su apoyo, una minoría, que, sin embargo, tramposamente, le permitió ganar la elección en los términos por todos conocidos.
Por supuesto, echo mano de todas las triquiñuelas posibles para impedir que parte del electorado opositor se pronunciase. Y no solo con chantajes y presiones, también con intimidación y violencia.
Quedo al desnudo, no hay duda, de que aquel es su techo cuantitativo después de 18 años de desastre económico y social. Por cierto, 3 millones menos de lo que el gobierno dice que voto en su fraudulenta constituyente de hace mes y medio.
Muchos habíamos pensado que las acciones fraudulentas, irregularidades e ilegalidades previsibles podían ser neutralizadas con una participación mayoritaria, como ocurrió hasta cierto punto en los 6 estados en que ganó la oposición. Pero no se dio como lo esperábamos. Todo el sistema institucional y electoral puesto al servicio de la causa de los tiranos y una abstención miope nos vencieron.
Para un observador de pensamiento racional de cualquier país no puede entrarle en la cabeza que un gobierno que tiene el rechazo de alrededor del 85% de la población, triunfe en una elección. Como no lo entra tampoco que en México hayan salido grandes manifestaciones a pedir la libertad del “buen hombre” llamado Chapo Guzman.
Así, la conclusión lógica para explicar el resultado electoral venezolano no puede ser otra que la de que necesariamente algo raro hay en este asunto.
Y ciertamente, hubo múltiples trampas, irregularidades y maniobras del gobierno que propiciaron parte importante del resultado. Los obstáculos puestos a los votantes de zonas tradicionalmente opositoras, el chantaje y compra de votos en sectores de bajos recursos, tuvieron su efecto.
Pero estos aspectos solos no explican el desenlace.
También en el lado de los que luchan por recuperar la democracia podemos identificar factores decisivos que coadyuvaron al resultado adverso, los cuales habrá que atender inmediatamente.
 ¿Qué peso tuvo cada uno de estos asuntos al final? Habrá que precisarlo con mayor detenimiento.
Y en ese campo, hay que insistir en que no se podrá avanzar sin unidad, coherencia, estrategia conjunta, mensaje único y desprendimiento de parte de la dirigencia política. En esos temas la oposición democrática se juega el futuro, que es el del país.
Independientemente de lo que hubiera salido del evento electoral, debemos tener claro que el deterioro acelerado del país iba a continuar, como todos los analistas lo indican. Lo que tenemos por delante en materia económica es escalofriante.
Ir a votar, bajo las condiciones desfavorables que no desconocíamos, era lo correcto. La unión de la oposición, como en otras ocasiones se dio, pudo habernos dado el triunfo que las encuestas anunciaban. Ahora resta insistir en ella. Solo así saldremos de esta calamidad y alcanzaremos recuperar un país para la prosperidad y la paz.
EMILIO NOUEL V.





sábado, 30 de septiembre de 2017

DE NUEVOS RICOS A NUEVOS POBRES


Los que ya alcanzamos una cierta edad en esta que llamaron “tierra de gracia”, podemos testimoniar ese proceso de varias décadas que va de la Venezuela opulenta, la de las grandes autopistas y carreteras envidiadas por el resto de Latinoamérica, la de los restoranes con chefs europeos afamados y automóviles último modelo surcando calles y avenidas, a la calamitosa situación y de ingentes penurias a que nos han conducido estos años de revolución bolivariana, en la que la economía está al borde del precipicio y los servicios públicos están casi colapsados, entre otros males.
Sin duda, de esa involución degenerativa que ha afectado lo político, la economía y la moral, podemos hoy dar fe amargamente.
Adonde fuéramos, siempre éramos vistos como nuevos ricos, sobre todo, los vecinos de la región latinoamericana que no gozaban del maná petrolero. Recuerdo que cuando asistíamos a reuniones de organismos internacionales en otros países, llegar a un hotel 5 estrellas era normal para un funcionario gubernamental medio y bajo venezolano, cuando los de otras naciones se hospedaban en hoteles más modestos y con viáticos menores a los nuestros. En el fondo, había una cierta animadversión respecto de lo que consideraban era una ostentación de parte nuestra.
En cierta ocasión que me toco coordinar una delegación venezolana, y en vista de que el resto de las delegaciones se alojaban en un sitio distinto, más modesto, me vi obligado a convencer a mis compañeros venezolanos para que nos mudáramos adonde estaban los demás, y así evitar los malos ojos.
De todos modos, nunca dejaron de mirarnos como los presuntuosso nuevos ricos del vecindario, los arrogantes venezolanos, despilfarradores, los del célebre “ta’ barato, dame dos” mayamero. El 4,30 por dólar de la época nos hacía poderosos y con gran capacidad de compra. Y de eso, obviamente, no teníamos culpa, nos habíamos sacado el premio gordo como país.
En el presente, esa opulenta vida de país petrolero, se ha revertido de manera brutal, gracias a un gobierno desastroso como pocos en la historia patria y universal.
Nuestra clase media, la más extendida y acaudalada de la región, en gran parte se ha venido abajo. Muchos aún tienen, como diría mi abuelo, bastimento, para sobrevivir a este ya largo y mortífero vendaval político que ha arrasado al país. Otros han sucumbido y tenido que huir buscándose la vida en nuevos horizontes, dicen que alrededor de 2 millones. Los más viejos que no pueden emigrar, dependen de lo que les envían familiares desde el exterior. Un amigo me decía con sorna hace un tiempo, al comentar la situación que, sin embargo, había que tener FE, es decir, un familiar en el extranjero, que nos pudiera remitir unos dolaritos para aguantar el vendaval.
Sin embargo, en la mayoría, tanto en la clase media como en las otras, las necesidades en general, el hambre y el desamparo reinan.    
Los venezolanos hemos pasado de ser la envidia de muchos por varias razones, a ser objeto de lástima y conmiseración. 
Quizás esta dura prueba nos haga reflexionar sobre la necesidad de cambiar el rumbo como sociedad y, sobre todo,  de modificar nuestra visión sobre la  economía y sobre la forma de gobernar, sin olvidar los valores que han hecho grandes a los países que hoy lideran el mundo.
Vendrán nuevos tiempos, y estas terribles circunstancias cambiaran para bien, no me cabe la menor duda. Mucho más pronto de lo que a veces creemos. 

EMILIO NOUEL V.

viernes, 8 de septiembre de 2017

         SOBRE LA CONVENCION DE PALERMO

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Hace ya más de una década elaboramos un pequeño ensayo sobre la normativa internacional sobre corrupción y el delito transnacional incluido en el libro Nuevos Temas de Derecho Internacional (Editorial El Nacional, 2005).
El objeto era introducir al lector en esa temática desde la perspectiva del derecho supraestatal, así como subrayar lo novedoso del tema en el ámbito  de esta normativa jurídica.
En el capítulo titulado Corrupción global y regulaciones internacionales, hice referencia, obviamente, a la Convención de las NNUU contra la delincuencia organizada transnacional y sus protocolos (Resolución 55/25 de la Asamblea General de 15 de noviembre de 2000), conocida también como Convención de Palermo, la cual ha sido traída a colación en días recientes por algunos articulistas nacionales y extranjeros que piden la aplicación de ella a jerarcas del régimen tiránico que asola Venezuela, sin hacer mayores análisis sobre su viabilidad real.
Sin duda, el crimen organizado y la corrupción gubernamental son dos fenómenos que podrían ir aparejados y hoy constituyen asuntos muy preocupantes que encara el mundo. En el tema de la corrupción, la prestigiosa organización Transparencia Internacional señala que ella socava el buen gobierno, distorsiona la política pública, lleva al despilfarro de recursos, daña el desarrollo del sector privado y perjudica, sobre todo, a los que menos tienen.
En ciertas ocasiones he aludido a una suerte de organización internacional de la corrupción que he llamado Corruptos sin fronteras, por la dimensión transnacional que ha alcanzado. Este fenómeno lo hemos visto patentizado en la comandita delictiva que se fraguó entre los gobiernos kirchneristas de Argentina, Pepetistas de Brasil y chavistas de Venezuela, entre otros. Las firmas Odebrecht y PDVSA, por ejemplo, han sido instrumentos para perpetrar tales crímenes contra la hacienda pública de esos países.
Sobre el alcance del concepto de corrupción, debe decirse, no hay unanimidad. Los  ordenamientos jurídicos y las distintas culturas no enfocan el asunto de la misma forma. Lo que puede ser condenable en un país puede que no lo sea en otro. Albert Calsimiglia dice que el concepto está teñido de ideología y de distintas valoraciones, siendo la ambigüedad, la vaguedad y lo emotivo obstáculos para la delimitación del concepto.
En cualquier caso, la corrupción administrativa, pública y privada, ligada a otras formas delictuales, entra en el ámbito del derecho penal, de allí que una normativa que sancione al crimen transnacional pueda ser aplicable en estos casos, aunque siguen habiendo escollos que los ordenamientos jurídicos nacionales ponen a estos dispositivos internacionales. 
En los espacios interestatales, en virtud de la envergadura del problema del crimen transfronterizo, ha surgido la necesidad de regular la cooperación con vistas a una mayor efectividad en la represión y condena de los involucrados. La Convención de Palermo (2000) tiene ese propósito.
Ahora bien, debe tenerse bien claro la viabilidad de la aplicación de estas disposiciones a un eventual sujeto criminal. A la luz de la naturaleza jurídica de ellas, no resulta muy expedita su activación, como algunos lo han querido hacer ver. Es más o menos lo mismo que sucede con la normativa de la Corte Penal Internacional, cuya “eficacia” ya conocemos.
La Convención de Palermo tiene como objeto “promover y reforzar las medidas para prevenir y combatir la corrupción de manera más eficiente y efectiva: promover, facilitar y apoyar la cooperación internacional y la asistencia técnica en la prevención y lucha contra la corrupción …promover la integridad, responsabilidad y el adecuado manejo de los negocios públicos …”
Por otro lado, establece que los Estados adelantaran sus obligaciones en forma consistente con los principios de igualdad soberana, integridad territorial de los Estados y de no intervención en los asuntos internos de los Estados. Y agrega que nada autorizara a los Estados a asumir en el territorio de otro Estado “el ejercicio de jurisdicción o ejecutar funciones  que son reservadas exclusivamente  a ese Estado por sus leyes nacionales”. 
La Convención en cuestión establece obligaciones para los Estados partes de tomar medidas dentro de sus fronteras en materia de crimen transnacional, pero no están facultados para adoptar decisiones sobre crímenes perpetrados en varios territorios o en territorios de otros Estados.
Kofi Annan, siendo secretario general de las NNUU, señaló en su momento que “La Convención nos facilita un nuevo instrumento para hacer frente al flagelo de la delincuencia como problema mundial. Fortaleciendo la cooperación internacional, podremos socavar verdaderamente la capacidad de los delincuentes internacionales para actuar con eficacia y ayudaremos a los ciudadanos en su a menudo ardua lucha por salvaguardar la seguridad y la dignidad de sus hogares y comunidades”.
Pese a que este instrumento es de crucial importancia y constituye un avance significativo y novedoso en la lucha global contra el delito transnacional, debe verse con cuidado su aplicación en los casos concretos que se presenten. No está exento del cumplimiento de requisitos normativos sustantivos y formales, nacionales e internacionales, y de interpretaciones desde tradiciones jurídicas diversas, de allí que no sea tan expeditivo como algunos lo plantean. Las visiones jurídicas soberanistas, desafortunadamente, aún mantienen vigencia y fuerza en esta y otras materias. Y no son obstáculos menores a vencer.
 

EMILIO NOUEL V.