sábado, 24 de abril de 2021

            BIDEN, PICON SALAS Y NUESTRO HEMISFERIO

 

                                 

 

Más allá de las diferencias innegables entre los países que conforman nuestro enorme territorio continental, se impone verlo en su conjunto. El enfoque de los asuntos que nos conciernen, por tanto, debe ser hemisférico, con aun más razón, en los tiempos de intensa interdependencia global que vivimos.  

En tal sentido, no hay que seguir sumergiéndose en esa absurda e inútil postura de unas “Américas desavenidas” en permanente conflicto, a pesar de los desencuentros e incomprensiones históricos, algunos muy amargos y condenables, sin duda.

Lo que queda muy claro es que quedarnos en los agravios y resentimientos históricos en nada nos ayudaran para avanzar hacia un mejor futuro, que será de mayor acercamiento, cooperación e integración entre nuestras naciones.

En momentos en que algunos critican al gobierno norteamericano por carecer supuestamente de una política de cara a América Latina, en días pasados, el presidente Joe Biden hizo una declaración importante que no debería pasar por debajo de la mesa. “Proclamación del Dia Panamericano”, se titulaba.

Al recordar la primera reunión que se celebró hace 131 años de la Unión Interamericana, reafirmó “la fuerza de nuestra comunidad regional”, celebró los principios democráticos que nos unen y expresó su disposición a trabajar conjuntamente para superar los desafíos comunes.  “Los grandes desafíos que enfrentamos hoy no están confinados a nuestras fronteras nacionales particulares”, señaló certeramente.

Y mencionó de manera especial la crisis humanitaria y migratoria de Venezuela y la violencia en CentroAmérica.

Para Biden, está en el interés nacional de seguridad de EE.UU, un hemisferio económicamente próspero y democrático, lo cual se obtendrá unidos bajo un liderazgo democrático apegado al Estado de derecho.

Al leer tal proclama, me vino a la mente un gran venezolano que sobre las relaciones con EE.UU escribió, a mediados del siglo XX, también muy acertadamente, similares ideas. Me refiero a Mariano Picón Salas.

Critico de aquel país, abogó, sin embargo, por la confluencia de las “dos Américas”. Decía que ambas compartieron y siguen compartiendo valores políticos y culturales fundamentales, sin olvidar la vecindad y una historia común.

No hace falta recordar que don Mariano, intelectual americanista y universal, es uno de los pensadores profundos del hemisferio. Fue político también, cercano a la socialdemocracia. Es uno de esos que llamaba Antonio Gramsci, “intelectuales orgánicos”, aunque no fue un militante, un hombre de acción.

El fenómeno de la interdependencia mundial, lo que llamamos hoy globalización, no se le escapó a esta mente privilegiada. A comienzos de los años cuarenta del siglo pasado, escribió que aquella “está haciendo caducas muchas de las fronteras que cerrara el pretérito, hemos llegado a un momento de la Historia en que, efectivamente, nada de lo que atañe al hombre, nada de lo que él piensa y realiza, puede sernos ajeno.”

Para Picón Salas, el final de la Segunda Guerra Mundial debía producir un cambio profundo de la política. Y esto, en lo económico, tendría que significar un “plan para el continente”. A los países latinoamericanos correspondería, según él, crear confederaciones: “seguramente llegaremos de una aislada economía de naciones a una economía hemisférica”. 

Sin embargo, a juicio de él, uno de los problemas de mayor tensión en la cultura americana era que en el área del continente dos familias de pueblos se veían como vecinos recelosos, y que a pesar de estar vinculados por el comercio y la contigüidad geográfica, tenían pocos deseos de comprenderse. 

Este desencuentro conducía a olvidar la misión común de América, “aquella teoría de la concordia y esperanza del Nuevo Mundo”, que acercó el pensamiento emancipador de las dos Américas y que hizo dialogar a Jefferson y Miranda.  El “arielismo” de Rodó, por tanto, no era una opción para Picón Salas, toda vez que aquel con su planteamiento irreconciliablemente antagónico entre las Américas -el supuesto espiritualismo latino versus el materialismo anglosajón- no ofrecía una solución.  

Para este venezolano, tanto en el Norte como en el Sur del continente, se habrían frustrado y desviado en demasía la ideología y el legado moral de los founding fathers. La misión común de los países americanos plantearía  la necesidad de recuperar “la voluntad totalizadora” y desechar los prejuicios y la “incapacidad de elevarnos sobre las ruinas y convenciones de la propia tribu”. Apoyó la idea de que era posible el intercambio y la complementación con la América anglosajonaInsistirá: “En ese campo de la comprensión ecuánime es no sólo posible, sino urgente, que las dos porciones de América se aproximen y colaboren en una justa organización del mundo; que el desarrollo técnico de los Estados Unidos y la riqueza potencial de Hispanoamérica participen en la empresa de un orden continental más próspero y permanente.”

Mariano Picón Salas y Joe Biden. Dos tiempos. Dos orígenes culturales. Uno hispanoamericano, el otro angloamericano. Sin embargo, convergentes en una misma visión sobre lo que deberían ser las relaciones hemisféricas, que no siempre fueron armónicas, y más bien marcadas, por la desconfianza y el resentimiento.

Por cierto, el campeón de la democracia que fue Rómulo Betancourt, amigo cercano de Don Mariano, respecto de las relaciones con Norteamérica, tenía también los pies sobre la tierra. Frente al “gigante de la familia”, decía, cordialidad sin sumisión, firmeza sin desplantes. Sabias palabras, de vigencia presente, sin duda.

Ojalá y los tiempos por venir nos traigan más cooperación e integración a nuestro hemisferio. Lo necesitamos con urgencia. Sobre todo, cuando en su mensaje de los 100 días, Biden dice que Estamos en competencia con China y otros países para ganar el siglo XXI”, y ya conocemos las andanzas de los chinos por esta comarca.


miércoles, 21 de abril de 2021

LA TIRANIA CHAVISTA EN LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DEL COMERCIO    *

 


En efecto, el “viraje” que muestra la nomenklatura chavista en los dias que corren respecto de su visión anticapitalista y contraria a los entes internacionales “imperialistas” como la OMC, es notorio.

En su propio camino a Damasco, se produjo el "milagro". Obviamente, no se trata de una conversión ideológica sincera, sino de una conveniencia pragmática para mantenerse en el poder. Ya se apresuraron a esconder debajo de la alfombra, aquella frase de Hugo Chávez sobre la OMC: “Es un monstruo”.

Ahora resulta que hasta recurren a esa demoniaca organización internacional. !Fin de mundo!

El régimen chavista, a finales del año 2018, formuló ante la OMC una solicitud para celebrar consultas con el gobierno de EE.UU, con base en el articulo 4 del Entendimiento sobre normas y procedimientos por los que se rige la solución de diferencias (ESD).

Esta solicitud, relacionada con las sanciones adoptadas por EE.UU, fue rechazada por el gobierno estadounidense, a lo cual respondió el régimen venezolano con un pedido de conformación de un Grupo Especial (GE).

Este GE, si fuere designado, sería el encargado de examinar el problema y presentar sus conclusiones, sobre las cuales el Órgano de Solución de Diferencias (OSD) hará sus recomendaciones y/o resoluciones, todo, por supuesto, a la luz de la normativa sobre la materia. 

Esta no sería la primera vez que Venezuela inicia una controversia alli. En 1995, lo hizo cuestionando una regulación estadounidense sobre gasolina reformulada, que constituía una discriminación contra la venezolana, lo cual infringía disposiciones de la OMC. Se conformó un GE al efecto, en el que una adecuada gestión adelantada por el gobierno venezolano, logró que nuestro país tuviera éxito en su demanda. EE.UU debió ejecutar la decisión adoptada.

FUNDAMENTOS DE LA ACTUAL DEMANDA VENEZOLANA

En la actualidad, el régimen venezolano hizo la referida solicitud aduciendo que las medidas impuestas por EE.UU respecto de un conjunto de bienes y servicios venezolanos, así como de asuntos relativos a la deuda pública y transacciones en moneda digital, serian incompatibles con regulaciones de la OMC. (Artículos XXIII del GATT de 1994" y XXIII del Acuerdo General sobre Comercio de Servicios ("GATS"). Serian medidas coercitivas y restrictivas al comercio, cuyo fin, según los representantes de la dictadura venezolana, es un intento de aislar económicamente a Venezuela.

Dichas medidas están contenidas en varios decretos emitidos por el gobierno norteamericano (executive orders) desde el año 2015, los cuales se fundamentan en el Reglamento de Sanciones a Venezuela (CFR Part 591-Venezuela Sanctions Regulations).

Tales sanciones, inicialmente, fueron tomadas contra personas físicas responsables de la comisión de actos violentos o serios abusos a los derechos humanos contra manifestantes antigubernamentales o por haber ordenado arrestos y persecución de personas en Venezuela que ejercían legítimamente sus derechos de libertad de expresión y reunión.

Según los funcionarios del régimen de Maduro, estas sanciones hacen que los bienes venezolanos “enfrenten una mayor carga regulatoria en cuanto a las condiciones que rigen la importación, así como restricciones sobre quién puede realizarlas”. Estos obstáculos operarían como prohibiciones a la importación y exportación entre EE.UU y Venezuela, amén de que las mercancías que transitan por territorio estadounidense hacia otro país miembro de la OMC, están sujetas a detención e incautación.

En relación con el comercio de oro, igualmente, operan las restricciones con compradores eventuales en el mercado de EE.UU.

En cuanto a la utilización de la moneda digital venezolana, existen también restricciones discriminatorias, así como en la prestación y recepción de servicios por parte de personas venezolanas, lo cual anula o menoscaba los beneficios que Venezuela tiene según los acuerdos y normativa de la organización.

LA REGULACION DE LA OMC (GATT 1994)

Ciertamente, en el conjunto de los principios fundamentales de la OMC, están: la Cláusula de la nación más favorecida (NMF), el Trato nacional y no discriminatorio (TNND) y la prohibición de las restricciones cuantitativas al comercio (PRC).  

Las sanciones estadounidenses referidas son, sin duda, inconsistentes con tales principios. No obstante, en el marco del cuerpo regulador que nos ocupa, están contempladas excepciones a aquellos.

LAS RAZONES DE SEGURIDAD NACIONAL

Se ha considerado siempre -mucho antes de la existencia de la OMC- una excepción al libre comercio, el tema de la seguridad nacional de los países. Así, tanto para gobernantes como para estudiosos del tema, bajo ciertas circunstancias, resulta más importante que la economía de un país, su propia existencia, su seguridad, lo cual justificaría intervenciones excepcionales por parte del Estado de que se trate.   Por otro lado, otro tipo de alegatos de naturaleza política se han manejado también de manera extraordinaria.

La protección de una nación mediante restricciones a las importaciones u otras medidas, no siempre son vistas favorablemente, aun mas, cuando son adoptadas dizque por razones de seguridad y lo que está detrás no es más que una motivación proteccionista.  

Las excepciones del GATT por causa de seguridad están dispuestas en el artículo XXI. Entre otras, se incluye la acción o medida que un pais emprenda por considerarla necesaria para “la protección de sus intereses esenciales de seguridad” y la que adopte en virtud de los compromisos adquiridos en la Carta de las Naciones Unidas “para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales”. 

Históricamente, la interpretación sobre el contenido y alcance de esta disposición ha dado origen a muchos debates en el ámbito internacional y en el seno del GATT. Sin embargo, la norma es, sin duda, una válvula de escape a la mano para los países.

LAS SANCIONES DE EEUU A VENEZUELA

Las sanciones estadounidenses a los personeros del régimen chavista son, a nuestro juicio, inobjetables desde el punto de vista jurídico y se emiten ejerciendo su poder soberano. Sus efectos reales en Venezuela nada tienen que ver con la debacle económica espantosa que se vive allí. Esta tiene su origen, no en aquellas, sino en una ejecutoria económica calamitosa de mucho más de una década. 

Tales medidas, en los dos últimos años, se traducen, sin dudas,  en restricciones al comercio de ciertas mercancías o servicios venezolanos. Ello no se puede negar.

No obstante, de conformidad con la normativa de la OMC, EE.UU, fundamentado en el mencionado artículo XXI del GATT, estaría facultado, por vía de las excepciones por causas de seguridad, para establecer esas restricciones.

De allí que, independientemente de que se conforme o no un Grupo Especial que examine la controversia planteada, lo más probable es que las pretensiones de la tiranía chavista sean declaradas improcedentes por el Órgano de Solución de Diferencias.  

 

*Esta es una versión resumida de un texto más amplio.

domingo, 11 de abril de 2021

LA INTEGRACION LATINOAMERICANA Y EL PROFESOR ELIAS PINO 

 

Canta la música tuya, que yo cantaré la mía

Willie Colon 

 

Semanas atrás, el historiador Elías Pino Iturrieta puso sobre la mesa el tema de la unidad/identidad latinoamericana vinculada a la integración, el cual, por cierto, no ha sido muy debatido entre los especialistas sobre la materia.

Como se sabe, aquella ha sido tratada en nuestra región, principalmente, desde el ángulo económico-comercial, dando por descontado que existe una homogeneidad de base entre los países de América Latina, derivada de la cultura y lengua heredadas de su pasado colonial, todo lo cual sería el soporte esencial para levantar el proyecto integrador de nuestros países.

Así, alrededor de la idea de la unión y/o integración de “Nuestra América” (José Martí dixit) - para contrastarla con la otra, la anglosajona del Norte- se fue creando una suerte de culto cuasi-religioso, de una mitología.

El árbol genealógico de esa unión hundiría sus raíces en Viscardo y Guzmán, Miranda y Bolívar. Creció con Torres Caicedo, Arosemena, Bilbao y Alberdi, y se potencia con Rodó y Vasconcelos, entre otros personajes de nuestra historia, cuyas ideas dieron a luz el llamado nacionalismo latinoamericano en sus distintas versiones, del que se nutren pensadores y políticos posteriores, desde la derecha más rancia a la izquierda más extrema. 

Para tal culto, quien no comulgara con ese ideario, sería poco menos que un latinoamericano descastado, que no honraría debidamente el legado que nos habrían dejado los próceres de esa ‘Patria Grande’; particularmente, el general Bolívar, con su fallido intento en el Congreso Anfictiónico  de Panamá y el fracaso de su proyecto más querido: la Gran Colombia.

El artículo de Pino se titula ‘La fantasía de la Integración Latinoamericana’ (La Gran Aldea, 21/2/2021). Título, sin duda, que habrá escandalizado a más de uno, no solo en nuestro patio.

Pino arranca diciendo que la Integración latinoamericana es una quimera, que la “América toda” no existe en nación, como dice nuestro Himno Nacional. Que ese sentimiento de unión proclamado desde siempre, no ha existido jamás. Que lo de que formamos “una parentela de pueblos unidos” no es más que pamplinas. Y muestra de esa desunión serían las reacciones xenofóbicas hacia la migración venezolana.

Para apoyar sus afirmaciones, el historiador acude, en primer lugar, al argumento geográfico. No pueden integrarse países cuyas precaria y/o inexistentes vías de comunicación han impedido la creación de una comunidad de naciones. A tales obstáculos se uniría el problema de las demarcaciones territoriales y las rivalidades. Animadversión y subestimación hacia el vecino, las maneras de hablar diferenciándonos y poniéndonos en guardia frente al otro.

Dice Pino que “el territorio que terminaremos llamando Hispanoamérica, o América Latina, no será el resultado de una historia común, sino de la evolución de una diversidad de historias que deben influir en la posteridad pese a que las vistamos con un solo uniforme desinteresado y patriótico.”  Que con excepciones, “cada país se limita a desarrollar la memoria de los suyos”.

Al final, Pino admite que lo planteado por él requiere de mayor elaboración, y que está formulado a partir de las reacciones ante la diáspora venezolana.

No he resistido a comentar el texto en cuestión; en mi caso, por haber estado ligado al asunto unos cuantos años.

Es posible que hace 60 o más años, la estrategia de una integración comercial estrictamente latinoamericana no haya sido una idea descabellada, a pesar de los múltiples obstáculos, sin duda, presentes entonces, los cuales, por cierto, no todos son exclusivamente atribuibles a la realidad y dinámica internas de nuestros países, a pesar de que en éstos podemos encontrar las causas principales. El desarrollo económico de la región y su relacionamiento externo, con sus matices, no puede soslayarse a la hora del análisis, más allá de ciertos axiomas contradichos por la realidad de los muy famosos “dependentólogos”.

El resultado no satisfactorio de la integración en nuestra región no es ajeno a la inmadurez de nuestros países, a sus gobernantes, a las políticas adelantadas y las ideologías predominantes. Socialdemócratas, democratacristianos e incluso liberales compartían enfoques respecto de este asunto. No olvidemos que la CEPAL, a cuya cabeza estuvo el argentino Raul Prebisch, hizo su trabajo de convencimiento de las élites. La estrategia cepaliana la adornaron los políticos, precisamente, con la retórica que remachaba la hermandad latinoamericana como mandato sagrado de los próceres.

No obstante, nuestros regímenes de integración parecieran tener una significación distinta para cada uno de los miembros que los conforman. La pertenencia a ellos, estaría dictada por razones geopolíticas o por la mera conveniencia diplomática de no ser mal vistos o aislados, no necesariamente por las ventajas económicas que puedan reportarles.

Acompaño a Pino en que la tal nación no existe en nuestro continente a pesar de las afinidades y experiencias compartidas. América  Latina no es un todo indiferenciado. Esa identidad colectiva no es cierta.La “uniformidad esencial”, atemporal e inmutable de la que algunos hablan no está por ningún lado, a pesar de lo que decía Bolívar de que “en todo hemos tenido perfecta unidad”. En cualquier caso, si bien esto no ha sido así, hoy en el nivel de un mundo globalizado, las fronteras lingüísticas, culturales, económicas, sociales y políticas se han ido disolviendo.

Todo ello, sin embargo, no invalida la estrategia integracionista y su conveniencia, sobre todo, en un entorno en que la interdependencia se ha profundizado, gracias a la creciente porosidad entre las regiones y fronteras nacionales del planeta, a pesar de nacionalismos trasnochados que emergen de vez en cuando y de las contramarchas y ralentizaciones episódicas de aquella.

La geografía no es más un limitante, y las rivalidades y “la diversidad de historias”, presentes en nuestro hemisferio ayer y hoy, siendo impedimentos, no son, empero, insuperables para el intercambio mercantil y el flujo de las inversiones, para lograr una mayor integración al mundo y al hemisferio, en definitiva.  

La integración concebida a mediados del siglo pasado, dejó  de tener pertinencia. No se trata solo de un problema de barreras arancelarias, sino más bien de producciones conjuntas y de libre circulación de inversiones.

Aquel modelo de integración empujado por los mitos de una presunta unión inmanente latinoamericana, pasó a mejor vida. La crisis actual de ese modelo tiene que ver con su inadecuación a los nuevos tiempos. Y los estancamientos y ralentizaciones que experimentan, no se curarán con proclamas voluntaristas aludiendo a esa monserga alrededor de una extraviada “Patria grande”, sino con políticas que se ajusten a las nuevas realidades de un mundo en intensa interconexión, visiones endógenas aparte.  

La integración es un asunto pragmático en la nueva era global. Los latinoamericanos, en la medida de sus conveniencias y posibilidades, deben abrirse aux quatre vents, como ya de hecho ocurre.

Los impulsos xenofóbicos hacia nuestros compatriotas, expresión  repudiable de lo que algunos llaman “fronteras emocionales” o “sentimientos tribales”, conspiran, sin duda, contra la integración, pero tampoco son cortapisas infranqueables.     

 

viernes, 5 de febrero de 2021

 EL MITO DE LA UNIDAD OPOSITORA

EN VENEZUELA

 

En el complejo escenario político que vive Venezuela, son unos cuantos los puntos en intenso debate.

Por los medios oímos voces aquí y allá que cuestionan que no se hable de política, de estrategias y de que solo haya silencio en la dirigencia de los partidos políticos.

Lo cierto es que posiciones contrapuestas y no coincidentes, a la chita callando, abundan entre los sectores democráticos acerca de cómo salir del atolladero dramático en que nos encontramos. Unos hablan de “volver al voto”, como si el pueblo venezolano “se hubiera ido” del voto, y no haya sido la tiranía la que lo vació de contenido, lo esterilizó y convirtió en ineficaz para el cambio político. Otros plantean acuerdos nacionales tan genéricos como fantasiosos, y los de más allá, una negociación que sea cierta, con los usurpadores. No faltan lo que plantean postergar lo político y concentrarse en los males que sufre la población y en la recuperación económica, así sea bajo las condiciones impuestas por la tiranía.   

Así, soterradamente, entre amigos, en las ONGs, por las redes sociales y en la prensa libre que sobrevive, se opina, discute, se redactan documentos y se lanzan comunicados sobre cómo salir del desastre creado por 22 años de autoritarismo, incompetencia, corrupción y de una ideología demencial.

A diario recibimos invitaciones para reuniones a distancia para conversar sobre el qué hacer. Analistas, políticos, empresarios y dirigentes activos de la sociedad civil, intercambian ideas, formulan críticas y hacen propuestas.

Además del sempiterno asunto de la necesidad de la definición de una estrategia, no deja de relucir el tema de la unidad entre los que se oponen a la tiranía chavo-madurista, como problema fundamental o principal, sin la cual, según mucho opinadores, cualquier estrategia que se adopte no tendría éxito.

Este es, sin duda, un asunto sobre el que quizás haya que reflexionar, más allá del lugar común superficial, suerte de demiurgo, de que en la unión está la fuerza.

Y cabe preguntarse si es condición sine qua non la tan manoseada unidad para salir de la tiranía.

¿Es realmente ése el problema principal a resolver?

¿O será otro, más bien, el problema?

Y sí, visto lo visto, me temo que la cuestión primordial pareciera estar en otro lugar. 

No es un secreto que en la oposición democrática venezolana hay visiones encontradas y que hay liderazgos en pugna, lo cual no es tan negativo del todo. Por lo demás, es una circunstancia presente y normal en todo proceso político. Hay, por tanto, y debe reconocerse como dato incontrovertible, la desunión en puntos sustantivos.

Que nos une el deseo de sacar de una vez por todas, a los tiranos, de Miraflores, pues sí. Pero, obviamente, eso no parece que bastara.

De allí que para que haya la tan cacareada unidad, luce como paso previo una validación de un liderazgo o un líder, que señale el rumbo a seguir de manera clara y convincente, que establezca una fuerte conexión con las mayorías ansiosas de urgente cambio y concite un amplio respaldo.

Mientras los dirigentes políticos no sean percibidos en el país por su lucidez, honestidad, capacidad de persuasión, cercanía a los problemas más sentidos y también la valentía, unirse por unirse no servirá de nada. 

No puede ser la única razón de la unión la de que nos oponemos a la tiranía, o porque seguimos el manido dicho de que la fuerza está en la unidad. Ese frágil lazo no garantiza que el objetivo común se alcance. La tragedia nacional se prolongará sí es ésa unión artificial y no un liderazgo aceptado ampliamente, lo que consideramos como indispensable.

La unidad, siendo un asunto de importancia, no es el problema principal, ni determinante, en este rompecabezas en que se ha convertido la crisis venezolana. La unidad será la secuela, el subproducto, de un liderazgo que con una política, una estrategia y una organización, logre, sobre todo, el apoyo mayoritario del pueblo, y también el del conjunto de las fuerzas políticas, señalando el curso que debe seguirse en lo sucesivo. Un liderazgo indiscutible e inequívoco es igualmente determinante para que los apoyos internacionales se mantengan y amplíen.  

La unidad, claro que sí, pero ella vendrá por añadidura en torno a la propuesta que pongan en ejecución el líder y/o el liderazgo, validada en la práctica por la mayoría de los ciudadanos.  

 

viernes, 22 de enero de 2021

CARLOS RANGEL, CONCIENCIA VIVA

 

“¿Por qué la gran mayoría de los intelectuales latinoamericanos

 hicieron suya, sin reservas, en el siglo XX, la causa del marxismo

 y sus derivaciones tercermundistas? ¿Por qué han asumido como

posición de avanzada los dogmas de dicho pensamiento?

 

                          Plinio Apuleyo Mendoza

 

Años atrás, retomé la lectura de ese extraordinario y agudo pensador venezolano que fue Carlos Rangel, con ocasión de un ensayo que escribía sobre las relaciones comerciales hemisféricas.

Sin duda, era obligada consulta, particularmente, en el asunto de los vínculos de EE.UU con Latinoamérica, los desencuentros y animosidades entre ellos, los contrastes en los niveles de desarrollo y sus causas, entre otros temas.  

Evocaba lo que él decía acerca del exitoso recorrido de EEUU y lo que representaba como “escándalo humillante para la otra América”, la cual no daba al mundo, ni se daba a sí misma una explicación de su relativo fracaso; de allí que con el tiempo se comenzara a racionalizar y a atribuir su situación de rezago y carencias a aquel país convertido en gran potencia.

Su reflexión acerca de Latinoamérica es esclarecedora. Señalaba los mitos políticos y económicos que han distorsionado y desviado el análisis de las causas de los problemas de nuestras naciones. Las observaciones certeras de este intelectual sobre el antiamericanismo y el tercermundismo, dos creencias-ideologías que han contaminado la opinión y la ejecutoria de muchos políticos y gobernantes latinoamericanos, aún hoy no parecen ser comprendidas por nuestras élites. Esa visión equivocada fue desmontada admirablemente por Rangel, pero sigue siendo causa de la reincidencia en los mismos errores.

A Rangel lo había leído por allá lejos, recién egresado de las aulas universitarias, en su célebre texto Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario, que fue, como era de esperarse, blanco de ataque de la izquierda marxista de entonces. Más tarde leí su libro El Tercermundismo, en el que demuele toda esa faramalla retórica llena de mitos, mentiras y medias verdades, que, por cierto, Hanna Arendt, calificó de ideología.

Debo confesar que la real dimensión, el alcance de su visión, no la capté del todo entonces, aunque no se me escapaba la lucidez y la solidez de argumentos que mostraba.

En días pasados, la escritora Milagros Socorro publicó un oportuno artículo en el que recuerda los planteamientos premonitorios que formuló Rangel, lo cual me da pie para reiterar las ideas de éste respecto de cómo la visión tercermundista ha repercutido negativamente en nuestro comportamiento económico, y de la que los venezolanos tenemos amargas pruebas en los últimos 22 años.

El tercermundismo es un concepto acuñado por el economista francés Alfred Sauvy, que utilizó para designar al conjunto de los nuevos estados independientes, antiguas colonias europeas. Según él, a ese Tercer Mundo, “explotado y olvidado y despreciado” a semejanza del Tercer Estado de la Revolución francesa, no le prestaban atención ni el mundo capitalista, el primer mundo, ni el comunista, el segundo.

Por muchas décadas, la noción logró cautivar a intelectuales y hombres públicos, incluso, más allá del ámbito de la izquierda política. A sus propuestas básicas se engancharon un número significativo de políticos moderados en nuestro continente, y ellas tuvieron eco en las ideas sobre las relaciones internacionales.   

Sobre ese asunto, Rangel nos entregó una lúcida reflexión, en la que desmonta los fallos de una ideología, marxista en el fondo, que escamotea la verdad sobre las causas de los males que aquejan a los países en vías de desarrollo o emergentes. Así, los ideólogos del tercermundismo han pretendido convencernos de que el capitalismo sería la causa directa y fundamental de la situación de minusvalía política y económica de los países más pobres.

Dice Rangel que para el tercermundismolos cargos contra el capitalismo y su influencia en el Tercer Mundo son, en síntesis, que la condición de los países pobres es hoy peor de lo que nunca antes había sido, y que ésa pérdida de una supuesta beatitud anterior es enteramente debida al rol de complementariedad que los países ´imperialistas´, es decir, los países capitalistas avanzados, han impuesto a los ´países proletarios´. En otras palabras, el mundo desarrollado es rico porque el mundo subdesarrollado es pobre, y viceversa”.

De este modo, el subdesarrollo de los países de la periferia capitalista se debe exclusivamente a relaciones de dominación-dependencia política y económica que ha ejercido el imperialismo,y no al papel de los factores internos de los países. En consecuencia, estos países, para poder crecer y desarrollarse, deberán romper los lazos de dominación-dependencia, y emprender la senda del socialismo revolucionario, como dirían algunos dependentistas.

En el prólogo del libro, Jean François Revel observa, certero, sobre el papel de la izquierda en la difusión mundial de esta ideología.  Señala que la izquierda en los países ricos “ha trasladado al Tercermundismo su imaginación ideológica y su sed de culpabilidad, fuentes de su deseo de omnipotencia eterna. Pero esa imaginación y esa sed, lo mismo que hasta hace poco la ilusión comunista, no se originan en ninguna preocupación por curar, en la práctica, la pobreza en el mundo.  El objetivo del tercermundismo es acusar, y si fuere posible, destruir las sociedades desarrolladas, no desarrollar las atrasadas. Un éxito específico contra el subdesarrollo implicaría una revisión dolorosa de lo esencial de la ideología tercermundista.

Rangel estaba muy claro en este tema. Valientemente se enfrentó a la corriente predominante que no solo incluía a la izquierda política. Para algunos políticos, incluso hoy, sigue siendo un ideario inspirador.

El término tercermundismo se mantiene en la retórica política, a pesar de que las circunstancias que dieron lugar a la expresión desaparecieron en gran parte, despojándola de sentido. Los fundamentos que  explicaban la existencia de esta categoría de países han sido refutados por los hechos.

Tal visión quedó para los discursos de los populistas y demagogos de todo pelaje. Con ella, en lugar de ayudar a los países en desarrollo a superar sus problemas, los han hundido más en la pobreza; verbigracia, Eduardo Galeano con su libro Las venas abiertas de América Latina, del cual él mismo admitió la inconsistencia de sus fundamentos económicos.

Carlos Rangel, también tempranamente, pudo adelantarse en el cuestionamiento de esa monserga tóxica, o como diría Octavio Paz, de esos “velos que interceptan y desfiguran la percepción de la realidad”, que nos han mantenido en el rezago en términos de desarrollo político, institucional y económico, mientras muchos países emergentes, supuestamente condenados al subdesarrollo por el Imperialismo capitalista,  han avanzado reduciendo la pobreza y alcanzado altas y/o medianas cotas de bienestar colectivo.

Carlos Rangel: pensamiento vivo, conciencia viva.


Emilio Nouel V. 

 

 

jueves, 10 de diciembre de 2020

Venezuela: “LOS ALACRANES TAMBIEN LLORAN”


Tomo prestado el título que encabeza estas líneas de un apreciado amigo, a quien reconozco los derechos de propiedad intelectual; aunque me luce que parafrasea a un viejo culebrón televisivo.  

El título de marras me da pie para hacer algunos comentarios acerca del proceso fraudulento que concluyó el 6D con un estruendoso y masivo repudio del pueblo venezolano a la tiranía y sus lacayos, estos últimos, conocidos como los alacranes.

Siendo generosos con los repudiados, pareciera que solo entre un 15 y 20% acudió a votar, incluidos los nariceados y chantajeados por el régimen, que bajo extorsión, amenazados con no darles comida, se vieron forzados a ir a los centros de votación.

Las encuestas previas ya anunciaban lo que al final ocurrió. Era la conducta previsible que muchos podíamos percibir en nuestras relaciones cotidianas. Millones de venezolanos arruinados y sin tener recursos mínimos para alimentarse, todo por causa de unos gobernantes corrompidos e incompetentes, no iban a participar en la farsa.

Desde el principio, la comedia electoral montada por la tiranía estaba clara para los venezolanos. Desde el nombramiento inconstitucional e ilegal de los rectores del CNE, pasando por el atraco de los partidos opositores y sus siglas, hasta los abusos ventajistas del régimen, entre otros atropellos a la institucionalidad y el Estado de Derecho.

Ante tal cuadro social y político ¿Qué podía pasar entonces por la cabeza de ciertos politicastros oportunistas, sigüises del régimen, cuando salivaban al soñar con obtener una diputación?

¿Creían que el mecanismo electoral fraguado por los tiranos les iba a permitir, en buena lid, recoger los votos que alcanzaran? ¿O a sabiendas de que eso no iba a ser así, el régimen les otorgaría una cantidad de curules suficiente como contraprestación a los “servicios” de blanqueo electoral prestados?

Imagino que algunos naifs compraron el cuento, y ahora están, calladitos, asimilando el varapalo que les propinó, con toda razón, el pueblo venezolano.

Otros, de manera insólita, con su cara muy lavada, salen a culpar a los venezolanos de su propio fracaso. Como aquel izquierdista que encontró en su cama a la esposa con otro, y en lugar de enfrentar la situación, sale a la calle a quemar una bandera norteamericana.  

Para ellos, no se trata de que la gente vió cómo que se prestaban a convalidar una estafa electoral, no. Para ellos, el que no lograran movilizar ni a su familia a votar por ellos, no fue el problema. No se trataba de que no lograron entusiasmar a nadie, no. De lo que se trataría, según estos oportunistas, es que el pueblo es muy inconsciente y maluco porque no salió a apoyarlos.  

El colmo es que, además, al hacer sus “balances” de la jornada fraudulenta que compartieron, algunos salen a decir retorcidamente, pero con toda la pomposidad del caso: “El único que perdió el 6D es el pueblo venezolano”.   ¡Inaudito!

El gran y exclusivo perdedor es, sin ninguna duda, la tiranía, y en consecuencia, sus lacayos, los de la mesita alacrana; “los náufragos”, como los llama de manera muy considerada el sociólogo Trino Márquez, que ahora rumian su merecida derrota política, y sus amos los ponen de lado como desechos, después de usarlos inútilmente.

El pueblo, en consonancia con el llamado a no participar de la Asamblea Nacional legítima, demostró al mundo que está contra la tiranía chavista. Más del 80% de los votantes no dio su concurso al engaño electoral.

Es posible que este rechazo, junto a la Consulta Popular en curso, que algunos desde la oposición pretenden torpedear con declaraciones irresponsables y mezquinas, se convierta en un impulso para las organizaciones políticas y sociales hacia la definición de una estrategia, una mayor estructuración organizativa, una profunda penetración social, cohesión en el liderazgo y movilización permanente hasta lograr la recuperación de la institucionalidad democrática.

 

EMILIO NOUEL V. 

 

 

 

viernes, 27 de noviembre de 2020

 BIDEN, NUESTRO HEMISFERIO Y VENEZUELA


       Emilio Nouel V.

 

Saldado el embrollo que el resultado electoral en EE.UU. produjo,  vale la pena intentar otear el futuro sobre lo que pudiera traer consigo el nuevo gobierno norteamericano en materia de política internacional, y en particular, para las relaciones hemisféricas, sobre todo, en momentos en que de nuevo se agita el entorno político a lo largo de la Cordillera Andina.

En su campaña pudimos ver las posiciones que sobre algunos temas globales sostuvo el señor Biden; en su mayor parte, contrastantes con las orientaciones que marcaron la ejecutoria trumpiana.

El lema America First, enarbolado en épocas pasadas de EE.UU, asomaba por dónde irían los tiros. Iba a significar cambios importantes de conducta internacional, que recibieron en contrapartida, de parte de aliados y amigos maltratados, una respuesta de desaprobación, que no pocas veces crearon tensiones innecesarias.

No solo en lo político, también en lo militar y ambiental, la administración Trump puso en práctica políticas a contravía de muchos de lo que hasta su llegada eran pilares fundamentales de la conducta exterior de ese país.  

Tales políticas quebrantaron las relaciones con sus aliados tradicionales. Estos estropicios incomprensibles perjudicaron la imagen exterior de EE.UU, por un lado, y por otro, la del mismo presidente, a pesar de que éste mantuvo amplio apoyo a lo interno. 

Para esta animadversión no hizo falta que se acometiera acción militar alguna, la cual siempre genera condenas en la opinión pública internacional. Bastaron decisiones inconvenientes sobre los acuerdos comerciales negociados durante la administración Obama, la denuncia del Acuerdo de Paris sobre el medio ambiente, el menoscabo a las relaciones atlánticas, las fricciones en la OTAN, la disputa con China, entre otros asuntos, para que se potenciara una opinión internacional de rechazo hacia ese país.

Obviamente, en este balance muy sumario que hago no deben olvidarse algunas iniciativas que pueden ser bien vistas como positivas. La defensa de la democracia frente a las tiranías cubana, venezolana y nicaragüense forma parte de lo positivo en nuestro entorno hemisférico, lo que, en lo particular, muchos venezolanos agradecen. Las más recientes iniciativas en el Medio Oriente.

Pareciera que Biden viene a revertir la mayoría de las decisiones de Trump en los asuntos diplomáticos. En esta área el lema sería ahora: Diplomacy First, como el instrumento prioritario del poder estadounidense, apartando la visión endógena que inspiró al presidente ahora en pronta salida.

Así, pues, habría un retorno al multilateralismo, a una retoma de tratados y alianzas puestos de lado por Trump.

Las políticas de seguridad de EEUU quizás sufran alguna modificación, sin olvidar que el Departamento de Estado, como institución, volverá por sus fueros, al reasumir su carácter profesional. 

En cuanto al compromiso democrático, Biden propone una “Cumbre para la Democracia”,  cuyo objeto sería “renovar el espíritu y propósito de las naciones del mundo libre”; tema éste de mucho interés para la región, que ya se verá cómo se concreta.

Sobre la crisis venezolana, se ha reiterado que no variará la política definida y consensuada de manera bipartidista por el Congreso norteamericano. Quizás la orientación multilateralista propicie vías para encaminar su solución definitiva.

¿Es dable pensar en iniciativas conjuntas que integren a la Unión Europea, la OEA, el Grupo de Lima y otros actores internacionales de cara a Venezuela?

¿Qué pasará con las sanciones contra la tiranía chavista? ¿Se mantendrán, reforzarán o más bien, se aliviarán? 

Las dudas al respecto caben. En cualquier eventual negociación que se dé, aquellas constituyen un factor importante de presión que no puede desdeñarse. Sus efectos políticos han sido notorios, a pesar de los apoyos ruso, chino e iraní a la tiranía. Las consecuencias de ellas en la población venezolana, han sido insignificantes, al lado del descalabro social que generaron dos décadas de desmadre y destrucción institucional y económica.  

No obstante, muchos son los que andan esperanzados con Biden en el sentido de que el retorno a la democracia y al bienestar perdido en nuestro país, se haga realidad con él. Ojalá así sea.

Nos esperan más días difíciles. El hambre no cesa. La migración se reinicia. La hiperinflación se acentúa.

A los venezolanos sólo nos queda levantar la protesta y concertar esfuerzos, para que los distintos movimientos sociales y políticos confluyan en un solo propósito que apunta a la restauración de la libertad.

Es de esperar que el nuevo gobierno norteamericano y la Comunidad internacional nos ayuden en el logro de ese objetivo.