miércoles, 14 de enero de 2015

Alianzas para la paz



Photo of John F. Kerry
JOHN KERRY

PROJECT SYNDICATE



WASHINGTON DC – Crecí a la sombra de la Segunda Guerra Mundial y en los albores de la Guerra Fría.
El trabajo de mi padre como funcionario del Servicio Exterior me dio la oportunidad de presenciar la historia con punzante proximidad: Nunca olvidaré nuestras caminatas por las playas de Normandía, donde aún yacían los cascos quemados de las lanchas de Higgins, tan solo unos pocos años después de que tantos jóvenes fueran a la tumba para que el mundo pudiera ser libre. Tampoco podré olvidar la sobrecogedora sensación de pasar en bicicleta por la Puerta de Brandeburgo desde Berlín Occidental hacia el Este y ver el contraste entre quienes eran libres y quienes estaban atrapados al otro lado de la cortina de hierro.
Lo que ahora me impresiona, tantos años más tarde, es que una generación de líderes ganó no solo una guerra, sino también la paz. Lo hicieron juntos, los Estados Unidos y nuestros socios trabajamos juntos para crear alianzas que brindaran prosperidad y estabilidad a Europa Occidental, Japón y Corea del Sur. Viejos enemigos se convirtieron en nuevos aliados y juntos promovieron un nuevo sistema económico mundial, que creó un mundo más próspero. E incluso durante la furia de la Guerra Fría, los líderes encontraron formas de cooperar para controlar la proliferación de armas y evitar el apocalipsis nuclear.
En resumidas cuentas, al construir instituciones internacionales y asociaciones estratégicas eficaces e indispensables no solo evitamos otra catastrófica guerra mundial sino que, en última instancia pusimos fin a la Guerra Fría y elevamos el nivel de vida de cientos de millones de personas.
Esa es la extraordinaria historia del siglo XX. La pregunta ahora es cuál será la historia que nos legará el siglo XXI.
En la actualidad, el orden mundial enfrenta nuevos desafíos: la agresión rusa pone nerviosos a los aliados; los extremistas que secuestran a la religión amenazan a los gobiernos y a la gente por doquier; la tecnología acelera un cambio en el equilibrio del poder entre los gobiernos y los gobernados, que ofrece tanto oportunidades para la responsabilidad democrática como obstáculos para la política inclusiva.
Hemos pasado de un mundo donde el poder residía en las jerarquías a otro donde habita en las redes y el arte de gobernar aún tiene que adaptarse. Las instituciones y asociaciones internacionales que surgieron en los años de posguerra requieren tanto mantenimiento como modernización.
Frente a toda esta turbulencia, hay quienes sugieren que Estados Unidos debe mirar hacia adentro. Nada nuevo hay en esto. Hubo quienes sostuvieron lo mismo después de la Segunda Guerra Mundial y lo afirmaron nuevamente hace 25 años, después de la caída del muro de Berlín. Estaban equivocados entonces... y lo están ahora.
Nunca hubo mayor necesidad de liderazgo y Estados Unidos nunca estuvo más involucrado en el mundo. Nuestra participación en la primera transición democrática pacífica en Afganistán nos recuerda que, después de invertir tanta sangre y tesoros para dar a los afganos la oportunidad de tener éxito en la batalla, el mundo es igualmente responsable de ayudar a sus líderes a tener éxito en el gobierno.
Sabemos que la destrucción del cien por ciento de las armas químicas declaradas por Siria no hubiera sido posible sin perseverancia y diplomacia directas y prácticas; y que la horrible e inmoral guerra civil siria no hubiera terminado sin un compromiso de igual magnitud. También en Asia, donde el presidente estadounidense Barack Obama y el presidente chino Xi Jinping anunciaron recientemente ambiciosos compromisos para ocuparse del cambio climático, se nos recuerda lo que pueden lograr conjuntamente los países con verdadero liderazgo, y cuánto más es necesario para lograr un acuerdo exitoso sobre el clima el próximo año en París.
El mundo ha cambiado y estamos cambiando con él. Las líneas del mapa ya no contienen las peores amenazas y los jugadores ya no están divididos claramente en dos facciones.
En el siglo XXI, todos somos vecinos. Por eso el mundo necesita de una diplomacia de coalición. Ningún país puede vencer por sí solo al terrorismo. Ningún país puede solucionar la amenaza existencial del cambio climático por sí mismo. Ningún país puede erradicar la pobreza extrema, combatir las posibles pandemias ni mejorar la seguridad nuclear individualmente.
Nadie puede vivir con más seguridad y riqueza dándole la espalda al mundo. Debemos apoyarnos en nuestra historia de alianzas y formar nuevas coaliciones: con los gobiernos, con la sociedad civil y, sí, con el ciudadano de a pie.
Un buen ejemplo es el esfuerzo internacional para enfrentar la maligna brutalidad del Estado Islámico en Irak y Siria. Se están usando las herramientas políticas, humanitarias y de inteligencia de más de 60 países para apoyar una acción militar unificada. El éxito no depende de lo que un único país, o incluso un puñado de países, pueden hacer, sino de lo que podemos lograr todos juntos contra esta amenaza común.
En un frente igualmente importante, EE. UU. está trabajando con las Naciones Unidas para impulsar una respuesta mundial al riesgo que presenta el virus del ébola. He hablado personalmente con más de 50 líderes extranjeros y todos coincidimos en que solo a través de la coordinación de nuestras acciones podemos detener la devastación en África Oriental y limitar la diseminación del ébola.
Estamos avanzando en ambas cuestiones, pero resta mucho por hacer. Unir a los países con intereses encontrados y recursos dispares es un trabajo duro. Exige una intensa participación diplomática y recurre a relaciones que se han construido y mantenido durante décadas, así como a alianzas con nuevos socios. Pero al superar las diferencias y coordinar los esfuerzos para derrotar al estado islámico y al ébola, estamos reforzando el apoyo a un orden mundial basado en soluciones colectivas a problemas comunes.
La cooperación es igualmente vital para reforzar los principios económicos sobre los que Estados Unidos y otros países cimentaron su prosperidad de posguerra. La frustración no debe superar a la oportunidad en ningún país. Por ejemplo, las negociaciones para el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP, por su sigla en inglés) refleja la determinación del presidente Obama para lograr un acuerdo con países que representan un tercio del comercio mundial y el 40 % del PBI de nuestro planeta.
Los beneficios –tanto para los EE. UU. como para nuestros socios– son enormes. Se estima que el TPP puede aportar 77 mil millones de USD al año en ingresos reales y crear 650 000 puestos de trabajo, tan solo en Estados Unidos. El Acuerdo Transatlántico sobre Comercio e Inversión que se está negociando con la Unión Europea ofrece otro paso fundamental para aumentar el comercio.
Independientemente de su objetivo –la seguridad mutua o la prosperidad compartida– las asociaciones genuinas no se construyen de la noche a la mañana. La diplomacia paciente y la voluntad colectiva son necesarias para lograr las metas comunes. Los objetivos estadounidenses son los mismos desde hace décadas: paz, prosperidad y estabilidad para EE. UU. y nuestros socios en todo el mundo.
Traducción al español por Leopoldo Gurman.


From Welfare State to Innovation State


Photo of Dani Rodrik
Dani Rodrik
Project Syndicate




PRINCETON – A specter is haunting the world economy – the specter of job-killing technology. How this challenge is met will determine the fate of the world’s market economies and democratic polities, in much the same way that Europe’s response to the rise of the socialist movement during the late nineteenth and early twentieth centuries shaped the course of subsequent history.
When the new industrial working class began to organize, governments defused the threat of revolution from below that Karl Marx had prophesied by expanding political and social rights, regulating markets, erecting a welfare state that provided extensive transfers and social insurance, and smoothing the ups and downs of the macroeconomy. In effect, they reinvented capitalism to make it more inclusive and to give workers a stake in the system.
Today’s technological revolutions call for a similarly comprehensive reinvention. The potential benefits of discoveries and new applications in robotics, biotechnology, digital technologies and other areas are all around us and easy to see. Indeed, many believe that the world economy may be on the cusp of another explosion in new technologies.
The trouble is that the bulk of these new technologies are labor-saving. They entail the replacement of low- and medium-skilled workers with machines operated by a much smaller number of highly skilled workers.
To be sure, some low-skill tasks cannot be easily automated. Janitors, to cite a common example, cannot be replaced by robots – at least not yet. But few jobs are really protected from technological innovation. Consider, for example, that there will be less human-generated trash – and thus less demand for janitors – as the workplace is digitized.
A world in which robots and machines do the work of humans need not be a world of high unemployment. But it is certainly a world in which the lion’s share of productivity gains accrues to the owners of the new technologies and the machines that embody them. The bulk of the workforce is condemned either to joblessness or low wages.
Indeed, something like this has been happening in the developed countries for at least four decades. Skill and capital-intensive technologies are the leading culprit behind the rise in inequality since the late 1970s. By all indications, this trend is likely to continue, producing historically unprecedented levels of inequality and the threat of widespread social and political conflict.
It doesn’t have to be this way. With some creative thinking and institutional engineering, we can save capitalism from itself – once again.
The key is to recognize that disruptive new technologies produce large social gains and private losses simultaneously. These gains and losses can be reconfigured in a manner that benefits everyone. Just as with the earlier reinvention of capitalism, the state must play a large role.
Consider how new technologies develop. Each potential innovator faces a large upside, but also a high degree of risk. If the innovation is successful, its pioneer reaps a large gain, as does society at large. But if it fails, the innovator is out of luck. Among all the new ideas that are pursued, only a few eventually become commercially successful.
These risks are especially high at the dawn of a new innovation age. Achieving the socially desirable level of innovative effort then requires either foolhardy entrepreneurs – who are willing to take high risks – or a sufficient supply of risk capital.
Financial markets in the advanced economies provide risk capital through different sets of arrangements – venture funds, public trading of shares, private equity, etc. But there is no reason why the state should not be playing this role on an even larger scale, enabling not only greater amounts of technological innovation but also channeling the benefits directly to society at large.
As Mariana Mazzucato has pointed out, the state already plays a significant role in funding new technologies. The Internet and many of the key technologies used in the iPhone have been spillovers of government subsidized R&D programs and US Department of Defense projects. But typically the government acquires no stake in the commercialization of such successful technologies, leaving the profits entirely to private investors.
Imagine that a government established a number of professionally managed public venture funds, which would take equity stakes in a large cross-section of new technologies, raising the necessary funds by issuing bonds in financial markets. These funds would operate on market principles and have to provide periodic accounting to political authorities (especially when their overall rate of return falls below a specified threshold), but would be otherwise autonomous.
Designing the right institutions for public venture capital can be difficult. But central banks offer a model of how such funds might operate independently of day-to-day political pressure. Society, through its agent – the government – would then end up as co-owner of the new generation of technologies and machines.
The public venture funds’ share of profits from the commercialization of new technologies would be returned to ordinary citizens in the form of a “social innovation” dividend – an income stream that would supplement workers’ earnings from the labor market. It would also allow working hours to be reduced – finally approaching Marx’s dream of a society in which technological progress enables individuals to “hunt in the morning, fish in the afternoon, rear cattle in the evening, criticize after dinner.”
The welfare state was the innovation that democratized – and thereby stabilized – capitalism in the twentieth century. The twenty-first century requires an analogous shift to the “innovation state.” The welfare state’s Achilles’ heel was that it required a high level of taxation without stimulating a compensating investment in innovative capacity. An innovation state, established along the lines sketched above, would reconcile equity with the incentives that such investment requires.

¿Existe una nueva alianza sino-rusa?



Joseph Nye



CAMBRIDGE – Algunos analistas piensan que 2014 marcó el inicio de una nueva era de geopolítica al estilo de la de la Guerra Fría. La invasión de Ucrania y la anexión de Crimea por parte  del presidente ruso, Vladimir Putin, se recibieron con fuertes sanciones económicas de Europa y los Estados Unidos, lo que debilitó los vínculos de Rusia con Occidente, y dejó al Kremlin ansioso de fortalecer sus relaciones con China. La pregunta es si Rusia logrará crear una verdadera alianza con la República Popular.
A primera vista parece posible. En efecto, las teorías clásicas del equilibrio de poder sugieren que la primacía de los Estados Unidos en cuanto a recursos energéticos se debería contrarrestar con una asociación sino-rusa.
Un factor más convincente es que parece haber precedentes históricos para una asociación de tal naturaleza. En los años cincuenta, China y la Unión Soviética fueron aliados contra los Estados Unidos. Después de la apertura hacia China del presidente Richard Nixon en 1972, el equilibrio viró y los Estados Unidos y China empezaron a cooperar para limitar lo que ellos percibían como un aumento peligroso del poder de la Unión Soviética.
Con el colapso de la Unión Soviética, la alianza de facto entre China y los Estados Unidos terminó, y el acercamiento sino-ruso comenzó. En 1992, los dos países declararon que estaban tratando de crear una “asociación constructiva”; en 1996 lograron una “asociación estratégica”; y en 2001 firmaron un tratado de “cooperación y amistad”.
En años recientes China y Rusia han trabajado conjuntamente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y han tomados posiciones similares en cuanto al marco normativo de Internet. Han usado marcos diplomáticos –como el grupo BRICS de las principales potencias emergentes (junto con Brasil, India y Sudáfrica) y la Organización de Cooperación de Shangai (junto con Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán)- para coordinar posiciones. Asimismo, Putin concretó una relación de trabajo con el presidente chino, Xi Jinping, basada en el antiliberalismo interno y el deseo de contrarrestar la ideología e influencia estadounidenses que comparten.
La relación económica sino-rusa también está avanzando. En mayo pasado, poco después de la anexión de Crimea, Rusia anunció un acuerdo de suministro anual de 38 mil millones de metros  cúbicos de gas a China por un valor de 400 mil millones de dólares, para los próximos treinta años a partir de 2019.
El contrato entre la gigante paraestatal energética de Rusia, Gazprom, y la Corporación Petrolera Nacional de China, conlleva la construcción de un gasoducto de alrededor de 4,000 kilómetros (2,500 millas) hacia la Provincia de Heilongjiang (donde, por cierto, los dos países casi entran en guerra hace algunas décadas). Aunque el precio exacto se desconoce, parece que Rusia hizo concesiones importantes, luego de cerca de diez años de negociaciones, para garantizar el éxito del acuerdo.
Asimismo, en noviembre Gazprom anunció un acuerdo marco para suministrar 30 mil millones de metros cúbicos adicionales de gas a la provincia china de Xingjiang, desde Siberia occidental durante treinta años a través de un nuevo gasoducto. Si los gasoductos “orientales” y “occidentales” se completan como está previsto, los 68 mil millones de metros cúbicos de gas que se suministren a China cada año eclipsarían los 40 mil millones de metros cúbicos que Rusia exporta a Alemania, su mayor cliente actual.
Esto parece presagiar una relación bilateral cada vez más estrecha. Sin embargo, hay una complicación: el acuerdo de gas magnifica un desequilibrio bilateral comercial importante, en el que Rusia suministra materias primas a China e importa manufacturas chinas. Asimismo, el acuerdo de suministro de gas no compensa la pérdida de acceso de Rusia a la tecnología occidental que necesita para desarrollar sus yacimientos remotos en el Ártico y convertirse en una superpotencia energética, no solo en el depósito de gas de China.
De hecho, los problemas de la alianza sino-rusa son más graves. Con su peso económico, militar y demográfico, China genera una incomodidad significativa en Rusia. Nótese, por ejemplo, la situación demográfica en Siberia oriental donde la línea fronteriza separa a seis millones de rusos de 120 millones de chinos.
Además, el poder económico y militar de Rusia ha ido disminuyendo, mientras que el de China se ha disparado. La preocupación sobre la superioridad militar de China motivó probablemente, al menos en parte, el anuncio de Rusia en 2009 de una nueva doctrina militar en la que se reserva el derecho de utilizar primero las armas nucleares, una postura similar a la que adoptaron los Estados Unidos durante la Guerra Fría con fines de disuasión frente a la superioridad de las fuerzas convencionales soviéticas en Europa. Estos desequilibrios indican que Rusia se resistiría a formar una alianza militar estrecha con China, aunque los dos países buscan una coordinación diplomática táctica que los beneficie.
La disposición de China a cooperar con Rusia también tiene límites. Después de todo, la estrategia de desarrollo de China depende de su integración sostenida a la economía mundial y, específicamente, de un acceso confiable a los mercados y la tecnología estadounidenses. La legitimidad del Partido Comunista Chino se basa en un sólido crecimiento económico y no pondrá en riesgo esta estrategia en aras de una "alianza autoritaria" con Rusia.
Incluso en foros multilaterales las relaciones entre Rusia y China distan de ser equilibradas. Puesto que la economía de China es mayor que la de los otros cuatro BRICS juntos, es probable que las iniciativas del grupo, incluido su nuevo banco de desarrollo, reflejen una influencia china desproporcionada. Y aunque la Organización de Cooperación de Shanghai haya propiciado cierta coordinación diplomática, China y Rusia siguen enfrascados en una lucha sobre su influencia en Asia Central.
La alianza sino-rusa del siglo XX fue producto de la debilidad de China después de la Segunda Guerra mundial y al principio de la Guerra Fría, e incluso en ese entonces duró poco más de una década. Actualmente China es fuerte y no es probable que se acerque demasiado a Rusia, cuyo debilitamiento se ha acelerado debido a las malas decisiones de su líder.
En resumen, es poco probable que una alianza sino-rusa vuelva a desafiar al Occidente. Contra las esperanzas de Putin, 2014 no será recordado como un año de éxitos para la política exterior rusa.
Traducción de Kena Nequiz

martes, 13 de enero de 2015

¿QUÉ DIABLOS VAMOS A EXPORTAR A QATAR?


                                   

“Vamos a producir los alimentos que necesita Qatar, que necesita
 el mundo árabe, donde hay desierto, vamos a producirlo en Venezuela
y desarrollamos las fuerzas productivas. Producimos alimentos para
para el mercado venezolano y además vamos construyendo la ruta
de exportación con alimentos de calidad hacia esta región”

                                                                                         Nicolás Maduro en Qatar


Cada día que pasa el gobierno venezolano no deja de asombrarnos con sus planteamientos fantasiosos, que no sabemos si imputarlo a su ignorancia proverbial o a su cinismo perverso demostrado muchas veces.  Su capacidad para ello es inconmensurable. Permítanme la expresión, esto es un disparatario parejo y seguido, que por lo visto son ya menos los que son mareados por él.
El país desbarrancado por una crisis económico-financiera de grandes proporciones y de desabastecimiento de los productos de consumo masivo, que amenaza con ser aun más grave por la inacción del gobierno, una población agobiada por la incertidumbre y la inseguridad, y al inefable Maduro, en una parada de su viaje improvisado y con poquísimos resultados, no se le ocurre otra cosa que decir que Venezuela se convertirá en proveedor de alimentos a Qatar. 
¿Esto es un chiste cruel o qué?  ¿Cree Maduro que los qatarís se creyeron ese cuento de hadas?  Por otro lado ¿Piensa que los venezolanos somos unos imbéciles que nos comeremos tamaña coba, cuando estamos experimentando un enorme escasez  y altísima inflación?
 ¡Con qué posaderas se sienta la cucaracha!
Un gobierno que casi ha devastado el aparato productivo privado nacional con una política de controles y expropiaciones, sin mencionar la ruina del sector estatal, que no está en capacidad ni siquiera de satisfacer la demanda del mercado nacional ¿Cómo va a exportar a Qatar o a cualquier otro mercado alimentos?
Y no es sólo eso, ya en otra ocasión me referí al Decreto 1190 (agosto de 2014) reciente, en que se prohíbe prácticamente las exportaciones en nuestro país, a lo que habría que sumar las múltiples trabas establecidas por el frankenstein normativo que ha creado esta administración durante los últimos años. (Venezuela: prohibido exportar  http://www.lapatilla.com/site/2014/11/14/emilio-nouel-venezuela-prohibido-exportar/ ) La locura de tal Decreto contrasta con el discurso gubernamental de supuesto estímulo de las exportaciones no petroleras. Esa disonancia cognoscitiva no puede llamarse sino esquizofrenia. Por un lado dicen una cosa, y por otro, hacen todo lo contrario.
¿A quién atribuir la pérdida total de la chaveta en ese ofrecimiento irreal y funambulesco a Qatar?  ¿A Maduro o a sus asesores?   
Más allá de los asuntos de fondo, ya comentados, habría que preguntarle a Maduro otras “menudencias”: ¿ha medido las distancias entre Qatar y los puertos venezolanos? ¿Hay transporte y rutas establecidas para ese comercio?  ¿Los costos han sido considerados? ¿Son los gustos alimenticios de los catarís adecuados a las producciones de alimentos posibles en Venezuela? ¿Qué alimentos de la dieta catarí o árabe en general venderíamos desde Venezuela?
¿Con producción de conuco suministraremos productos a Qatar?
Ya los guasones están diciendo que habida cuenta de la situación precaria de nuestra economía, quizás para Qatar tendríamos una oferta exportable que incluiría, si acaso, casabe, topochos, panelas de San Joaquín (si hay harina de trigo), uvas de playa, semeruco y pitahaya. Es posible entonces que gracias  la revolución socialista bolivariana, dejemos de depender del petróleo diversificando ¡al fin! nuestras exportaciones.



domingo, 11 de enero de 2015

               CHARLIE HEBDO Y “LOS LOCOS DE DIOS”                           


                  


Ustedes lo van a pagar, han insultado al profeta”, gritaron al irrumpir en la sala de redacción de Charlie Hebdo. Acto seguido, los terroristas islamistas, sin ningún miramiento, lanzaron su ráfaga de kalashnikov  y asesinaron a los periodistas que dirigían la publicación humorística francesa. A su salida, con toda la sangre fría rematan a un policía herido tendido en el suelo de la calle que les había hecho frente, por cierto, musulman.
Una operación siniestra que, por los videos, deja claro que los asesinos han tenido un entrenamiento previo.
En otras ocasiones he comentado estas acciones monstruosas de grupos fanatizados por la religión. Las más recientes son las de ISIS en Siria y Boko Haram en Nigeria.
No tengo dudas de que estos movimientos son una amenaza a la seguridad colectiva y la convivencia pacífica en el mundo, amen de ser, en el fondo, una impugnación violenta inaceptable  a los valores democráticos occidentales. No es un problema aislado, que atañe a un solo país. Como todo terrorismo, el islamista, formado por personas impregnadas de odio, resentimiento y de una ideología de la destrucción, es una de las muestras más claras de aquella amenaza.
Es tema de muy difícil solución por su complejidad. Muchos son los factores que los generan, y en ellos, sin duda, juegan papel importante las ideologías, particularmente, las visiones e interpretaciones religiosas medievales cargadas de intolerancia, como las que estamos viendo, por ejemplo, con la reacción intolerante frente a las caricaturas que se refieren a Mahoma.
De cara a tales hechos criminales no podemos permanecer imperturbables o inmóviles. Como humanos que valoramos la vida y aspiramos a un mundo mejor sin exclusiones y de respeto al libre pensamiento, estamos obligados a actuar y defender nuestros valores.

Estamos obligados moralmente a enfrentarlos con todo los instrumentos democráticos a la mano, desde el diálogo, pasando por acciones preventivas de disuasión, hasta con medios de fuerza, antes de que su proliferación o desbocamiento nos lleven a la destrucción de las sociedades libres. En los organismos internacionales se imponen políticas concertadas para combatir este nefasto fenómeno que amenaza destruir las bases sobre las que se levanta los valores de la libertad.
Hemos vengado al profeta” se lee en las web de la “jihadósfera”. No pocos de estos desadaptados han celebrado la acción criminal en Paris y llaman héroes a los 3 desalmados. Han llegado hasta decir: “Ustedes creen en la libertad de expresión sin límites, nosotros creemos en la libertad de nuestras acciones”.  
Estas acciones van a provocar una reacción cuyas consecuencias políticas son impredecibles. No es de extrañar que las posiciones xenófobas y/o racistas de ciertos grupos políticos en Europa, particularmente, se refuercen. Ya éstos han cobrado mayor fuerza y presencia desde las últimas elecciones al Parlamento europeo.
Lo que queda claro de estos hechos repudiables es que las sociedades libres están obligadas a defenderse de quienes persiguen destruirlas inspirados en ideologías intolerantes y mortíferas.
Los que amamos la libertad debemos gritar con fuerza: JE SUIS CHARLIE, YO SOY CHARLIE, I AM CHARLIE.


EMILIO NOUEL V.
@ENouelV
emilio.nouel@gmail.com


sábado, 27 de diciembre de 2014

EL INFIERNO INSTITUCIONAL DE LA REVOLUCIÓN CHAVISTA


                            


Desde hace ya unos cuantos años venimos machacando el tema del deterioro progresivo y acelerado de la institucionalidad del país, hasta el punto alarmante en que hoy estamos.
Los aprendices de brujo que nos gobiernan han querido levantar una nueva estructura política inspirados en lo que algunos llaman una utopía regresiva o anacrónica, que no es otra cosa que un batiburrillo de ideas y creencias a cual más descabellada.
El resultado ha sido el desquiciamiento de las anteriores estructuras político-administrativas, que, con defectos, funcionaban, pero sin alcanzar a sustituirlas por las que sus cabezas afiebradas e ignorantes han concebido, ya que éstas no han podido ser puestas en práctica por ser inviables y rechazadas por gran parte de la colectividad.
Esta labor absurda de demolición institucional se ha expresado en todos los aspectos de la vida del Estado. Desde la concepción de una ley, pasando por el diseño de políticas hasta el nombramiento de un funcionario cualquiera.
Para importantes funciones estatales se designa a gente sin suficientes credenciales, conocimientos y experiencia. Hemos visto en los 15 últimos años personas al frente de Ministerios o empresas del Estado, cuya preparación académica o ejecutoria laboral no son mínimamente acordes con las responsabilidades que les han sido asignadas.
Los efectos nefastos de estas designaciones están a la vista. La economía es una calamidad. La educación, en calidad y cantidad, es un desastre mayúsculo. El descrédito internacional del país no puede ser mayor. La seguridad pública, una catástrofe. La administración de justicia, de vómito.  Las cárceles, un infierno, y paremos de contar.
Hasta ahora, los efectos de toda esta devastación inmisericorde del aparato estatal ha podido ser amortiguada a punta de miles de millones de dólares malversados y esquilmados por una casta política enquistada en el poder, la mar de incompetente y corrupta.
En este entorno de caos administrativo estatal ¿cómo extrañarse de que nulidades engreídas y osadas lleguen a ostentar cargos públicos para los que no disponen de respaldo alguno o suficiente en experiencia y formación profesionales, incluso en  política?
¿Cómo no ver en el desfile improvisado de ministros cada 3 o 4 meses, o menos tiempo, improvisación, desorden, irracionalidad, confusión y desorientación?
Si a esta situación de fondo, le sumamos los enormes y enconados conflictos al interior del saco de alacranes que luchan por el poder y el dinero público dentro del chavismo, el producto final no puede ser otro que el desmadre institucional presente, cuya gravedad se irá mostrando en toda su magnitud a medida que los ingresos petroleros vayan mermando.
Mientras siga este disparate de gobierno, seguiremos viendo ministros ignorantes, ministros inexpertos, ministros nulos y ministros ladrones. Mientras siga este gobierno, nos hundiremos más y más en el hueco en que nos metió y del cual no tiene voluntad de salir.
Éste es el infierno político-institucional chavista,del que saldremos mas temprano que tarde..

EMILIO NOUEL V.
@ENouelV

emilio.nouel@gmail.com